Empezar

Toda nuestra existencia está cargada de inicios. Comienzos, empezares, arrancadas…, toda nuestra vida está llena de principios. Y si no, echad la vista atrás. El camino recorrido está jalonado de miles de “primeras veces”. Momentos únicos que entrañaron (y aún lo hacen) la inquietud propia de lo que nunca hemos llevado a cabo. Es grato recordar la noche anterior al primer día de colegio. Cada año, los mismos pensamientos pueriles acerca de quiénes habrían de ser los profesores, las asignaturas y su dificultad. Los nuevos compañeros, los viejos amigos. Es fácil buscar en el saco de los recuerdos y encontrar aquella primera fiesta, con la que tanto soñaste, la emoción de un inesperado viaje, y ese gusanillo en la tripa de enfrentarnos a lo desconocido; el primer día de universidad, la llegada a un trabajo nuevo, o ese atasco, el primero, manos inexpertas al volante.
Y es que la vida, en su esencia, es origen. Es principio para un caminar. Desde el mismo momento de la concepción, la existencia iniciada emprende el vuelo. Día tras día, generación tras generación, la novedad sigue haciendo estragos. Y en ese gran misterio, es donde reside la grandeza de nuestro vivir. Todo empieza, una y mil veces, si es necesario. La realidad se transforma en principios. ¿Cómo se enfrenta el hombre a ellos?
Quizá el mal de nuestra sociedad resida en la cantidad de inicios y la prontitud de sus finales. Y es que pese a que el terminar es consecuencia natural y necesaria de un principio, el lapso de tiempo que transcurre entre uno y otro es la clave. Hoy en día, lo efímero triunfa. Nada dura, nada vale mucho tiempo. Todo cansa, el hombre se agota. De la moda, de los viajes, de los amigos, de los planes. De los cigarros…que anuncian en pocas caladas su muerte.
Ojalá cada primera vez estuviese preñada de significado, para que el transcurrir y el concluir no carecieran de sentido. Pese a que parezca lo contrario, es lo que el corazón del hombre anhela. Una realidad que dure, un inicio en perspectiva, un compromiso del hombre consigo mismo, de no abandonarse. Y ese pensamiento, siempre inquietante ¡de lo que aún está por suceder!, porque como decía Pavesse: “no hay nada más triste que el alba de un día en el que nada sucederá”.

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