Palabras más, palabras menos
El hombre, como ser relacional que es y en su infinita necesidad de comunicarse, se sirve de los numerosos medios de los que goza para ello.
Así, las miradas, los gestos, los silencios, se convierten en válidas y elocuentes formas de expresarnos. La creatividad del ser humano para lograr sus propósitos de transmitir es abundante.
Sin embargo siguen siendo las palabras el más eficaz de los caminos para dar a conocer sentimientos y necesidades. La palabra se erige en dueña y señora de nuestros pensamientos compartidos. Cobra una fuerza insólita cuando al salir de su emisor llega al receptor en forma de idea que puede guardar para sí.
Y es que la palabra nació para salvarnos del abismo de la incomunicación y nos tendió un puente para poner nombre a la realidad. Cercana y efectiva, la palabra puede volverse en nuestra contra cuando pone en evidencia nuestra ignorancia o fragilidad. ¿Y qué? En verdad, esos somos también nosotros.
Inmersos en el siglo XXI, vivimos rodeados de medios de “información”. Desde que nos levantamos hasta la noche, tenemos la oportunidad de leer periódicos, revistas. Podemos escuchar la radio, ver la televisión. Tenemos acceso a Internet.
La información nos inunda, nos abruma, nos desborda. Palabras, cientos de ellas, que con orden, desorden, concierto o desconcierto, tienen como prioridad aproximarnos a las miles de realidades que el mundo nos muestra aunque no siempre con éxito.
Resulta curioso, en este apogeo mediático, escuchar repetir una y otra vez las grandes palabras que un día aprendimos. De modo que la libertad, la paz, el amor, la verdad, la justicia se llenan de grandilocuencia, se engalanan con sus mejores trajes y salen a la calle, de día y de noche, disfrazadas y en numerosas ocasiones irreconocibles.
Las frases pronunciadas parecen flotar en un abismo de sinsentido y pomposidad. La realidad entonces se aleja, por esa falta de precisión y de veracidad. La desazón se apodera entonces del que lee o escucha, por esa incapacidad de asociar la palabra al hecho a fin de dotarla de un sentido.
Vivimos pues en la necesidad de hallar el equilibrio. Ese que habrá de permitirnos hacernos con palabras, muchas, ricas, variadas, llenarlas de sentido, abogar por la precisión, guardarlas en nuestras alforjas. Las que conformarán quiénes somos y qué decimos. Las que después dejaremos volar. Por la boca, la mirada, o por la tinta, desordenada e imprevisible.
Quizá entonces, decir “Te quiero” ya no suene a frase hecha.
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