Javier
La historia, hasta donde nosotros la conocemos, lleva en su estela la huella indeleble de personas, cientos de ellas, que marcaron con su paso aquel presente que para nosotros hoy es pasado. Aún ahora, que duda cabe, podemos asomar la cabeza a la realidad para comprobar que viven grandes hombres y mujeres que siguen, con su vida, siendo luz para nuestros pasos. En esa mirada limpia y viva, el hombre que echa la vista atrás no puede pasar por alto un nombre. El de aquel que, entre la discreción y la valentía, gritó a lo largo y ancho del mundo que existía “alguien” que amaba poderosamente. Cristo fue para Javier el combustible, la fuerza, la vida. El impulso necesario y exquisito de aquél que, cuando vio la grandeza, no pudo más que seguir sus pasos. En este impulso, tiene un lugar privilegiado la humildad. Esa que presidió su fascinante trayectoria bajo el signo de la cruz. No es posible hablar de Javier sin Ignacio. No cabe profundizar en su vida sin la Compañía de Jesús. No es posible entender la vida del Santo Navarro sin conocer su historia. Una historia cargada de bondades y oscuridades, repleta de personas y de grandes acontecimientos. Una vida que comenzó en Navarra y que terminó a las puertas de China. Una existencia que pasó por París, Italia, Portugal, Africa, India, Sri Lanka (antiguo Ceilán), Malasia, Indonesia, Japón y Singapur. Un camino de penalidades y dureza, pero al mismo tiempo sembrado con el Amor infinito que Javier necesitaba predicar. Aquel Amor que conoció en unos ejercicios. Predicó, caminó, se entregó, rezó, acompañó. Fue el occidental que vivió entre orientales, con ellos. Siguiendo sus costumbres, comiendo sus guisos y vistiendo sus ropas. Fue el compañero infatigable y fiel. Y es que entre las muchas virtudes que componen a Javier, cabe destacar su lealtad y fidelidad. A Cristo, sobre todo, pero también a la Compañía, que el mismo, ayudó a fundar. A la Iglesia, a la verdad y a la vida. Es imposible no emocionarse al recorrer algunos de los pasos de este gran príncipe de los misioneros. Su fortaleza y su constancia interpelan los corazones de quienes tímidamente nos asomamos a su vida. Éstos exigen esa certeza y esa verdad. Para los corazones que buscan, y que admiran la belleza, para las almas que persiguen esa intensidad que nos dejó Francisco (de Javier) Jasso y Azpilicueta, se presentan dos caminos: uno, el primero, interior. Otro, que no sabemos dónde empieza, termina en Navarra, en lo alto. A los pies del Castillo de Javier, cuna del gran Jesuita. Una senda para nosotros. Hombres y mujeres de hoy, con los mismos anhelos que los que habitaron ayer, y que los que vendrán mañana. Javier espera. Nos espera.
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