Vivir la Pasión con Bach
A veces la música expresa mucho más que las palabras. Es difícil poner nombre a su vida, sus veladuras, la emoción contenida que luego desata. Frecuentemente no logramos nombrar el sentimiento que se sugiere, que brilla entre las cuerdas y el arco del violín, que susurra y a veces grita dentro del vientre metálico de los instrumentos de viento, y que late vivo en la percusión. Y, sin embargo, toda esa realidad innombrable penetra en el alma como pocas palabras lo hacen. Por eso, la música se convierte en un medio privilegiado de acercamiento de los hombres a realidades más altas que nuestra limitada estatura.
¿Cómo me acercaré a la Pasión del Señor en estos días que quedan? ¿Cómo aproximarme al Misterio? ¿Cómo vivir aquellas últimas horas? La Pasión según San Mateo, a la que Bach dio forma de drama musical aparece, llegado este punto, como una de las mejores opciones a nuestro alcance. Además de ser una de las obras cumbres de la música clásica, es una oportunidad excepcional para acercarse al texto bíblico no sólo desde lo que dicen las palabras, sino también desde esa comunicación de lo innombrable que permite la música.
La Pasión según San Mateo fue compuesta por Bach entre 1728 y 1729. Se trata de una obra para solistas, doble coro y orquesta, que narra e interpreta los capítulos del Evangelio de San Mateo relativos a la Pasión de Cristo. De este modo, acompañan al texto sagrado recitativos, arias y coros que arrojan luz sobre los eventos que suceden. Es así como se produce un diálogo poético entre la vida de Cristo y quien se acerca a ella.
Los corales luteranos imprimen su fuerza en la pieza, y las arias abren la puerta a la contemplación serena. Los instrumentos de cuerda acompañan durante la obra a las palabras de Cristo: es así como se percibe en su hablar también la Palabra del Padre. Lo innombrable, lo inexpresable y lo inaprensible se hace perceptible, gracias a la música. Todos los sentidos se ponen en juego para aproximarse al Misterio, con las sandalias en la mano, en la conciencia de que quien escucha la obra entra en un terreno sagrado. Me despido con las primeras líneas, esas que invitan a descalzarse y aproximarse a la música que arde y no se consume.
Venid, hijas, auxiliadme en el llanto,
¡Ved! ¿A quién? Al Amado.
¡Vedle! ¿Cómo? Como un cordero.
¡Mirad! ¿Qué? Ved su paciencia.
¡Mirad! ¿Dónde? Nuestros pecados.
Miradle. Por amor y clemencia
Él mismo va cargado con su cruz.
Para quien desee aceptar la invitación, sugiero las versiones de: Otto Klemperer, de EMI (1962); Karl Richter, de ARCHIV (1980); y Harnoncourt, de TELDEC (1985).
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