Del nacionalismo mal entendido

“Amo demasiado a mi país para ser nacionalista”. Albert Camus

El nacionalismo implica por su propia esencia la unión indisoluble de la nación-estado, donde el espacio territorial de ésta ha de ser el mismo que el de aquél.
Las ideologías nacionalistas pueden sustentarse en ideas de identidad cultural, razones históricas, consenso de la población de una región…
Lo cierto es que tienen cabida por numerosas lugares desde la Revolución Francesa, donde por primera vez el término Nación hace su aparición.

En España, es cada día más escuchado el nacionalismo como reivindicación de los que, de manera unívoca, pretenden la secesión del Estado en aras de una legitimidad democrática que argumentan en un pasado histórico que les otorga la realidad cultural y especial de la que hacen gala, y que sustenta su capacidad para autodeterminarse.

Y mientras adornan el pasado de historias, el presente devuelve a la realidad clara y efectiva de que ninguna de las regiones de España puede entenderse si no es a través de ella misma. El Estado español es quien aporta sus instituciones, su idioma internacional, ¡incluso su población! No hace falta más que un paseo por Cataluña, por ejemplo, para encontrarse rodeado de extremeños, andaluces o gallegos.

Lo cierto es que estas pretensiones de nacionalismo centrífugo que albergan grupos de algunas Comunidades Autónomas españolas, gozan en la actualidad de una importancia molesta y pertinaz que se cuela en nuestros periódicos y conversaciones un día tras otro.
Los casos más polémicos y destacados, los de Cataluña y el País Vasco, nos alarman y preocupan cada semana más. De un lado, el caos político, de otro, el grave problema del terrorismo como respuesta de un grupo por la defensa de sus ideas nacionalistas separatistas.

En ese terreno ambas realidades no son comparables, sin embargo en la burla a las instituciones del Estado, el feroz sentimiento anti-español y la lucha permanente contra la derecha, tanto unos como otros compiten duramente por el primer premio.

De tantas noticias oídas apenas nos escandalizamos ya, pero en esta última semana, por concretar algo, hemos asistido a espectáculos tan bochornosos como la pugna y posible propuesta (finalmente fracasada, por ahora) de CIU y ERC de convocar un referéndum sobre la independencia de Cataluña, en el caso de que el TC ponga alguna “pega” al Estatuto de Autonomía catalán. Evidencia que muestra además, como los partidos nacionalistas se han ido radicalizando en los últimos años. O en el País Vasco, donde la defensa de los nacionalistas a los etarras se ha visto caracterizada por la patada que se llevó Aguirre en sus partes nobles, ante la aquiescencia del Gobierno Vasco, el Gobierno de España y la Ertzaintza.

En fín, toda una lista de despropósitos que se unen a la larga cadena de agravios perpetrados en los últimos años de nuestro país.
Y mientras tengamos un Gobierno que trate con condescendencia y generosidad a los que se mofan de nuestra nación, seguiremos contemplando con estupor como el nacionalismo más beligerante campa a sus anchas en nuestra querida España.

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