La experiencia cristiana de un talibán en el reino del Monomotapa

Cuando uno tiende por naturaleza a meter unas chapas infumables al personal al dar catequesis, muy difícilmente puede ser capaz de condensar en una hoja A-4, a Times New Roman tamaño 11, toda su experiencia cristiana durante casi dos años viviendo en el corazón de África. Las exigencias del guión, sin embargo, son insalvables, dado que la editorial de este periódico ha declinado amablemente la publicación por volúmenes de las “Memorias de la Sabana” que he remitido periódicamente a mis compañeros destinados en otros diversos agujeros del mundo.

 

Dichas Memorias, de todos modos, creo que deberían de ser unas memorias prohibidas, porque en ellas se cuenta un poco todo, tanto lo edificante como lo menos edificiante, que de todo ha habido en este tiempo. Y también, porque al releerlas me hacen ver lo pavo que era al llegar aquí, y lo pavo que puedo llegar a seguir siendo. Pero dado que en esta ocasión se trata de contar la experiencia de la fe, y no la de las debilidades humanas, me centraré simplemente en la cara buena de mi vida en Zimbabwe.

 

El hombre es un animal de costumbres, y lo primero que hice al llegar a Harare, con el corazón aún en el campamento de Picos, fue ofrecerme a dar catequesis en una parroquia cercana a mi casa. Estuve allí ayudando un año, hasta que se confirmaron los chicos, solamente para darme cuenta de que no entendía nada de nada del país y de su gente, que me expreso francamente mal en inglés, y que estaba construyendo mi casa por el tejado. A pesar de ello, debo reconocer que en esa parroquia he descubierto la fe sencilla de las gentes de este país (aun cuando, para qué nos vamos a engañar, la parroquia es de lo más pijo de Harare) y cómo en la oración cantan de verdad con un “fuego que nace del corazón, prende en sus gargantas y arde en sus manos”; los tambores africanos, tan molestos cuando los tocan los hippies de la Plaza del Dos de Mayo, se convierte en el latido del corazón de un pueblo que sufre lo inimaginable, y que grita pidiendo ayuda a su Señor. Aquí, cantar Cumbayá, Mambo no es cumbayá.

 

Para intentar paliar mi falta de conciencia social, comencé también a colaborar en un hospital de enfermos de sida, Mashambanzhou, “Donde duerme el elefante”, al sur de Harare. Allí jugaba con cinco chicos al fútbol, y después de me dejaran sin aliento, ellos descalzos y con sida, me los llevaba al cine o a tomar un helado. Los niños africanos son mucho más salados que los blancos, para qué nos vamos a engañar, y era una gozada la alegría con que me recibían cada sábado, cada vez más deteriorados por la enfermedad. Los cinco, al cabo de los meses acabaron muriendo o siendo ingresados en orfanatos de donde no podían salir, a la vez que se enfriaba mi relación con la monja que llevaba el hospital, una irlandesa marxista, y con su novicia, que lucía un generosísimo escote, y que me explicaba el uso del hábito en términos de imagen corporativa. Me avergüenza reconocer que acabé sustituyendo el hospital por el campo de golf, aunque la experiencia me sirvió para perderle (en parte) el asco y el miedo a la miseria y a la enfermedad que después he tenido la ocasión de ver de muy cerca.
 
Como veis, en general la vida espiritual de mi primera época en Harare se puede decir que es la historia del bienintencionado fracaso de un talibán transplantado, y creo que mucho se lo debo a la vida de lujo y fiestas que llenan nuestras pocas horas no laborables, a las pocas misas que hay, que hace casi imposible ir a misa a diario, y a la tibieza de buena parte del clero local, al que hay que perseguir para que te escuche una confesión. Cuando iba de safari, andando por las sabanas, me venía a la mente la epístola de San Pedro en que dice “sed sobrios y estad alerta: porque vuestro enemigo el Diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar”. Y creedme que cuando uno anda por ahí por la sabana, por mucho que haya un guía con un rifle, nota un nudo en el estómago al ver las huellas frescas de un león u oirle rugir siempre demasiado cerca. Pero ¿qué veo? mi página se ha acabado, y tengo que cortar. Si esta editorial lo tiene a bien, continuaré en el próximo número, y si no, lo siento, nos veremos en los bares.

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