Una historia cotidiana

Esta mañana, como de costumbre, el despertador sonó a las 7:30. Admiro a la pequeña máquina que me despierta cada amanecer puntual a su cita. Gracias a ella, las pesadillas se cortan y la realidad empieza. Mi nuevo mundo, día tras día. Lo apagué sin hacer ruido porque mi mujer dormía a mi lado con un suave sonido que yo llamaría ronquido pero que ella suele denominar “respirar fuerte”, y mis hijos también, deduje por el inhabitual silencio de mi casa. Tras la ducha de rigor, el café templado y un breve vistazo a las noticias en la tele, salí a la calle. Mayo me esperaba. Madrid estaba despertando, con suaves pisadas y el arrancar de los coches. Como me pareció que haría un día soleado decidí ir a trabajar andando. Me gusta hacerlo de vez en cuando pues disfruto más de mí, del silencio y de las personas que me voy encontrando. En general soy poco observador, pero las mañanas en las que camino en solitario me pongo el traje de curioso, y la inquietud por las cosas emerge de esa parte de mí que tantas veces acallo. Crucé la Castellana tarareando “Let the river run” de Carly Simon para mí y para el hombre que caminaba a mi derecha. Parecía joven e iba muy arreglado. Me impresionó que alguien atinara a repeinarse tanto el pelo por las mañanas. Subí el tono de mi melodía. Supongo que en el fondo quería llamar su atención. No sé, sonreírle y decir algo como: -¡Que tengas un buen día! Sin embargo ni el joven atildado me prestó atención ni yo me decidí a atacar su intimidad con ese despliegue de compañerismo injustificado. Seguí caminando, y llegué a la Oficina sin grandes acontecimientos. Dieron las nueve cuando entré en mi despacho. La mañana pasó sin pena ni gloria. Recibí varias llamadas, concerté citas y examiné meticulosamente los proyectos nuevos. Llamé a Ángeles para comer con ella, pero había ido con nuestro hijo pequeño al dentista. Siempre me olvido de esas cosas. Bajé a tomar algo a la cafetería de la esquina. Alfredo me propuso que comiéramos juntos pero finalmente y ya no recuerdo por qué, me encontré pidiendo un pincho de tortilla con el periódico como única compañía. Me senté en una mesa oscura que hay en la parte más interna del local, me escondí detrás de las hojas del periódico y por un rato conseguí abstraerme de la realidad. Sin embargo, algún tiempo después, mientras engullía el final de la tortilla y daba un trago a la caña casi acabada, un anciano frente a mí separaba con cuidado los guisantes de una abundante ración de ensaladilla rusa al tiempo que murmuraba: – Hay miles de ellos… Observé con fascinación el gesto seguro y decidido de su mano mientras sus ojillos chispeantes denotaban determinación por concluir aquella ardua tarea con éxito. Tras varios minutos, levantó la vista triunfal y movido por el orgullo de su hazaña me sonrió ampliamente. Le devolví la sonrisa, admirado y pensativo. Salí del bar con rapidez y subí de nuevo a la oficina. La tarde pasó deprisa y un poco después de las siete ya estaba de camino hacia mi casa, con el gesto serio pero la mente serena. Y con ganas, después de la jornada, de encontrarme en mi casa con mi familia. Todos mis hijos salieron a la puerta a recibirme cuando oyeron el abrir de la cerradura. Les miré, movido por la ternura y la ilusión de encontrarme con ellos. Charlamos un rato en la cocina todos juntos mientras Ángeles y yo preparábamos la cena. Ellos contaron sus historias de colegio y nosotros tonterías de nuestros trabajos. Pero estábamos juntos. Compartiendo nuestras vidas, y esos pequeños gestos que hacen de los éxitos de los demás, los tuyos propios. Me he acostado pronto, y después de leer un rato he sonreído recordando al viejecillo de esta mañana. Ahora, estoy a punto de dormirme.

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