El fenómeno Nadal
Andaba pensando en escribir mi columna quincenal y de forma automática me venía a la mente temas de índole político: elecciones municipales, ilegalización de ANV, confrontación entre los dos grandes partidos… y una larga lista de interesantes temas de actualidad para comentar. En esto, miro el título de la columna y leo: “Res Pública”. La “cosa pública”. Es decir, todos aquellos temas o noticias que, dada su notoria trascendencia, son de interés para la gran mayoría de las personas. Que están “en boca” de la sociedad. Que son conocidos, tratados y comentados por el ciudadano de a pie.
Pues bien, aprovechando mi estancia en tierras catalanas con el fin de presenciar el prestigioso torneo de tenis Conde de Godó, he tenido, de nuevo, la oportunidad de ver en directo a ese portento físico y tenístico llamado Rafael Nadal.
Podría hablar aquí del “fenómeno Nadal” o también del “fenómeno de Nadal”. Ciertamente resulta impresionante verle jugar al tenis. Rapidez, fuerza, concentración, resistencia, solidez. Simplemente, brutal. Y este joven es, además de uno de los grandes tenistas de la historia, un transmisor de valores tanto dentro como fuera de la pista. La humildad, el esfuerzo, el trabajo, la educación, la sencillez, la disciplina. Valores y actitudes que, personificadas en alguien joven y conocido, pueden hacer y hacen mucho bien a la sociedad, en concreto, a la adolescencia y primera juventud.
Sus éxitos, con tan sólo veinte años, en su superficie predilecta, la tierra batida, son de vértigo: 72 partidos seguidos sin perder (desde abril de 2005), 15 finales ganadas de 15 disputadas, 5 victorias en 5 partidos contra el número uno del mundo (y posible mejor jugador de la historia) Roger Federer, y un sin fin de datos que demuestran la grandiosidad de este joven tenista español. Una impresionante fuerza física, y una casi más impresionante fortaleza mental. Una capacidad de concentración y de control de la presión rara vez vista. Una calidad tenística, física y mental absolutamente espectacular.
Pues bien, si un adolescente-joven común es, casi por definición, soberbio, sabelotodo e insolente, sorprende la humildad y sencillez de este chaval. Siempre una palabra de reconocimiento al rival, siempre comedido, prudente, discreto. Y esto, en un “niño” que sale a la pista y provoca sudor frío en el que esté delante es, cuanto menos, admirable.
¿Cómo hace para no creérselo, para no ser orgulloso y creído, para no resultar insultante y soberbio? Yo, respecto de mis pequeños logros del día a día, rezando y pidiéndoselo al Señor. Él, pues quizás también. Sólo espero que siga así, haciéndonos disfrutar de su precioso y apasionante tenis y admirándonos con su humildad, ciertamente llamativa.
Finalizar por último diciendo que, como joven e inexperto que es, también él sufre las contradicciones en su persona. Igual es capaz de levantar la bandera de España allá por donde pase, de pedir que le fabriquen unas muñequeras y cintas especiales para la Copa Davis con los colores de España, como de hacer su discurso en catalán (o mallorquín) tras proclamarse campeón del Conde de Godó ante la mirada atónita del finalista argentino (y de medio mundo, empezando por el que escribe, allí presente) Guillerno Cañas. ¿O quizás sea una de las consecuencias del peregrino Estatut?.
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