Fin de curso 2007

Llega el mes de junio y llega el fin de curso también aquí en la Parroquia de San Jorge. Todos damos gracias a Dios por este curso en el que la parroquia nos ha podido ayudar a que cada día de nuestra vida sea una ocasión para caer en la cuenta del gran inmerecido don de la fe. Nuestra fe que se convierte en respuesta agradecida cada vez que nos hemos reunido a celebrar la Eucaristía (precisamente esto es lo que significa Eucaristía: acción de gracias), cada vez que hemos podido venir a recibir el sacramento de la penitencia, en el que me he encontrado cara a cara con Dios, palpando cómo el Señor puede tocarme y cambiar mi vida a poco que yo ponga de mi parte; cada vez que he participado en alguna reunión de catequesis tanto si soy niño como joven o adulto, en donde se me ha mostrado un estilo de vida, que, ciertamente, en muchas ocasiones no se corresponde con aquello que nos ofrece la sociedad del momento, que supone ir contracorriente, que “no es fácil”, pero que tengo la certeza de que esa forma de vida es la que responde a las aspiraciones más profundas que llevo en mi ser. Y ahí es donde pongo en juego mi vida, en el pararme y pensar qué hago con mi vida, qué he hecho hasta ahora y, sobre todo, qué pretendo hacer. El cristiano siempre tiene su mirada puesta hacia el futuro. Leo mi historia, pero miro hacia el futuro y veo cómo Dios ha ido tocando todos los pasos que he recorrido: muchas veces incluso con contradicciones, angustias o sufrimientos, pero he de saber leer cómo Cristo ha estado al lado de cada una de esos momentos y cómo, sobre todo, en cualquier situación positiva o adversa, la fe tiene algo que iluminar. De esta manera mi vida se convertirá también en luz para los demás. En este año, en el que se ha puesto en marcha la Misión Joven en nuestra Iglesia de Madrid, si de algo tenemos que tomar conciencia, y no sólo en el ámbito de los jóvenes, es de que los demás tienen que conocer con mi vida y con mi testimonio explícito que el ser cristiano merece la pena. No podemos dejar pasar la mínima ocasión para anunciar el Evangelio. Anunciar a Cristo, y, como los primeros discípulos, con valentía, sin complejos ni respetos humanos. Muchos jóvenes lo han hecho en estos meses, no sin dificultades, pero con el entusiasmo de saber que la obra del Señor sigue viva y que el Dios quiere utilizarme para ser su testigo.
El verano no es un paréntesis en esta vida de fe, sino la ocasión para descansar, profundizar y tomar impulsos a través de las distintas actividades que yo haga. Ya sea yendo de campamento o a Roma a ver al Papa, ya sea estando con mis hijos de vacaciones o con mis nietos, o incluso estudiando para sacar unos exámenes en septiembre o saliendo con unos amigos unos días, o ayudando a otras personas necesitadas, todo puede ser ocasión para que yo profundice en mi vida y vaya cooperando paulatinamente a la gran acción que Dios quiere hacer con mi vida.

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