La experiencia cristiana de un talibán en el reino del Monomotapa (II).

La generosidad de San Jorge Digital no tiene límites y he aquí que me han concedido continuar con esta “chapa virtual”, en un segundo número. Así que parece que no nos vemos en los bares, sino de nuevo en este espacio. “Sed sobrios, y estad alerta: porque vuestro enemigo el Diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar”, iba diciendo, y esas palabras del Señor rechinaban en mi vida particularmente poco sobria y poco alerta, y me invitaban a volver a “acercarme al altar de Dios, al Dios que es la alegría de mi juventud”, como dice el salmo 42. Debo de reconocer que el accidente de coche que tuvimos en Mozambique, en que podíamos haber muerto así sin más después de unas vacaciones en unas playas paradisíacas, en que las nativas nos traían frutas y tocaban el ukelele, también fue un buen toque de atención.
 
Así que decidí que en vez de ajustarme a mis viejos esquemas, que estaba claro que no valían para mi vida africana, debía de buscar qué era lo que el Señor me pedía en mis nuevas circunstancias. Así que mis esfuerzos se centrarían a partir de entonces en nuevas cosas: uno, llevar un poco de paz al entorno de trabajo de la Embajada, que estaba totalmente envenenado, y me envenaba la vida; dos, en arreglar la crisis familiar que vivían mi chófer Sydney y mi cocinera Enesia, que son a fin de cuentas mi familia aquí, y que estaban teniendo unas movidas como para escribir un libro -incluyendo cuernos, intentos de suicidio y secuestro de menores-; tres, tener mi lista personal de gente necesitada a la que atender, para poner mi grano de arena en tanta necesidad, y para tener presente que, aunque aquí no tenga tanto como en Madrid a Cristo eucaristía, lo tengo en cambio mucho más que presente en el enfermo y en el miserable; cuatro, darle un lucimiento especial al centenario de San Francisco Javier, con una exposición antológica en una tierra donde, a fin de cuentas, la presencia española es de misioneros; y por último, organizar el campo de trabajo en la Misión de Dete para mi grupo de jóvenes de San Jorge, del que creo que han contado algo ya en la Parroquia alguna vez.
   
Sobre lo que significó la misión en Dete podría decir muchas cosas, tantas que tendría que pedirle de nuevo a San Jorge Digital que me dejara publicar una memoria por volúmenes. Pero una vez más me temo que tendría amables excusas por respuesta, por lo que lo dejaré para cuando me jubile, y me digan mis nietos: “Anda abuelo, déjate de batallitas: ¿por qué no las pones por escrito, y así las leemos cuando tengamos tiempo?”. En cualquier caso, creo que la misión, al haber unido mi vida de antes, tan bruscamente interrumpida, con mi vida de ahora, le dio a todo lo que estaba haciendo aquí un sentido mucho más auténtico y profundo que el que había tenido hasta entonces, por no hablar del impulso a la vida interior. Es un hecho, además, que en los últimos ocho meses he tenido mil visitas más que con sus donativos e interés han ayudado a dar continuidad a la colaboración con la misión, a la cual por tanto mucha más gente de Madrid lleva ya también en el corazón, y que en ella, aunque pasen los años, se seguirá cantando la Santina de Covadonga, aunque sea en versión “espiritual negro” (allí la llaman Mirai y cualquier parecido con la que cantamos en Picos es pura coincidencia, claro).
     
Mi estancia en África está cerca de terminarse, tanto como la segunda página que me ha concedido San Jorge Digital, con aún mil cosas que contar. Antes de terminar, sin embargo, me queda el espacio justo para hacer balance de lo que ha sido esta experiencia de un talibán en la tierra mítica del Monomotapa, que conoció de oidas San Francisco Javier, y a las que que mandó a sus discípulos que evangelizaran; este, que es el reino del oro de Ofir, la tierra de las minas del rey Salomón, donde la bondad y el salvajismo van de la mano en todo momento, y en las que en un momento dado se cayó como por azar un un chico de parroquia. Y al hacer ese balance, lo que me viene a la cabeza que mejor refleja mi experiencia cristiana aquí son las palabras, de nuevo, de un salmo: “Caerán a tu izquierda mil, a tu derecha diez mil, a ti no te alcanzará; no se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos; contigo estaré en la tribulación, te defenderé y te haré ver mi salvación, porque hiciste del Señor tu refugio, tomaste al Altísimo por defensa”. El Señor ha sido así de bueno conmigo, y, para qué engañarnos, estoy encantado.

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