Abuela

Debo confesar que siempre tuve miedo de intimar demasiado con mi abuela. Era una manera de alejar de mí el dolor de la muerte, que en su caso era más cierto que en el de otras personas. Tuve que aprender que la vida es demasiado valiosa para desperdiciar las caricias que aguardan en las esquinas; que era el momento de rendirme y dejarme conquistar.

Un día decidí sentarme junto a ella en su cuarto, en su corazón. Toda una vida, noventa y siete años de respirar viva ahora la han conducido a estas cuatro paredes en que comprime su existencia, que era tan grande que no cabía. Por eso, cuando vino a vivir a nuestra casa, tuvo que deshacerse de muchas cosas. La historia de mi abuela es una historia de irse despojando poco a poco de todo lo que ha sido suyo, incluso de sí misma.

La ancianidad es la plenitud y la cumbre de su vida. Cierto que ella siempre dice, citando a su madre, que la vejez es muy fea. Para caber en su nuevo hogar, se quitó de encima el orgullo y la autoridad. Sólo se quedó con las manos abiertas; la mente viva, muy viva, dando saltos entre el hoy y el ayer, clavándose en los años ricos que habían quedado atrás y también permaneciendo junto a nosotros y junto a la fealdad de la vejez, que siempre se sienta con ella.

Dos lienzos penden de escarpias en la pared blanca, como si fuesen ventanas. A través de uno se puede ver el pueblo de Covarrubias: así está al tanto de cuanto ocurre por su tierra, y ve el viento soplar con la misma cadencia que arrastraba ya cuando era niña.

Cuando nosotros no estamos, ella salta, se suspende en el aire unos segundos, y sale por el marco estrecho de madera, para pasear por el empedrado de sus calles y saludar al boticario, al médico, al alcalde, a Doña Patricia…

Cuando nosotros estamos con ella, permanece sentada en su butaca roja. A veces calla y se lamenta de la fealdad de la vejez, que no la abandona nunca. A veces suspira con recuerdos secretos. Pero siempre bromea, divertida, para que su alma se vuelva a situar en el presente. Entonces pone toda su atención en mí. En qué hago o qué voy a hacer; si salgo, si estudio. Cuando le hablo de mí, noto cómo su vida se vierte en la mía, y cómo mi pequeño caudal se incorpora a su corriente. Ahora me siento con ella. Hago silencio por dentro. La miro a los ojos. Escucho. Veo la vida vibrar dentro de sus pupilas acuosas. Y me pierdo con ella en los recuerdos.

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¿Quién es Loreley? Loreley es el nombre de una peña situada a la orilla este del Rin, cerca de Sankt Goarshausen. Su nombre designa al tramo más estrecho y profundo del río legendario. Desde la Edad Media existen referencias a su utilización como marca en los caminos. Y también, historias y lamentos acerca del peligro que corrían quienes navegaban por el Rin y a ella se acercaban. Por aquellas tierras, ricas en mitos e historias, se propagó la noticia de que una sirena habitaba en la roca. Orientaba a los pescadores, que obtenían una pesca abundante. Pero muchos también naufragaban, cautivados por el embrujo de sus cantos. Los grandes autores del romanticismo alemán escribieron versos a la sirena Loreley, como Heinrich Heine en 1824. Yo, que de sirena tengo poco, en cambio sí quisiera interpretar mis cantos desde la roca en que me siento. Desearía que pudieran ayudar a quienes los escuchan a obtener una pesca abundante. Soy consciente de que si alguien tratara mis palabras como verdades absolutas, podría naufragar. A veces yo he sido la primera. Pero permanezco en mi puesto. Interpreto mis cantos de sirena. Y me esmero por llegar a quien los escucha. Mi formación es económica y jurídica, y ambos enfoques están siempre presentes en mis ideas. La cultura es una de mis pasiones. No como saber acumulado, sino como manera de mirar la vida. Disfruto con el arte, en todas sus formas. También con las humanidades. Soy conciliadora en el conflicto, y me gusta opinar. Lo social jamás me es indiferente. Y quisiera comportarme como cristiana cuando escribo. Este deseo exige mucho de mí. Me obliga a reconocer, con franqueza, mis fallos; a expresar mis anhelos; a no callar; a callar a veces; a denunciar; a alabar; a preguntarme; a leer; a disfrutar; y a permanecer en esta Roca, entonando mis cantos de sirena.



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