LA VIDA DE LOS OTROS
Considero, sin lugar a dudas, que La vida de los otros es lo mejor que he visto en el cine en mucho tiempo. El preciso guión de “La Vida de los Otros” se sitúa en 1984, cuando Gerd Wiesler, un oficial de la Stasi, la policía secreta del régimen comunista de la antigua República Democrática Alemana, es encargado para vigilar a una pareja, ella actriz de teatro, y él escritor. Wiesler es un hombre de vida nimia. Una vida en la que todo, pensar y sentir, hablar y hasta sentarse a comer, debe pasar antes por el filtro de una ideología; su misión será monitorear, a George Dreyman, el único escritor que disfruta la incómoda comodidad de no haber dado de qué hablar, de ser aún políticamente correcto. Wiesler tendrá que oír cada respiro de la vida de estos otros que viven de forma tan distinta. Son tantas las cosas de “La Vida de los Otros” que llaman la atención, que es difícil pararse solamente en una de ellas. En primer lugar, cabe destacar a la belleza visual y estética de la película, aun a pesar de los tonos apagados, que van en consonancia con lo que se cuenta. Pero, lejos de pretender restar importancia a la forma del filme (que además es clave a la hora de transmitir el fondo), lo que verdaderamente me han despertado la “responsabilidad” de recomendarla son las conclusiones que el espectador puede sacar del conjunto del largometraje, o incluso de aisladas escenas. La película es, en sí misma, una metáfora: En un Estado-policía, cada cual es consciente de que en público es necesario un cierto nivel de actuación. Pero mucho peor que la exasperante necesidad de vivir fingiendo, es el miedo ante un gobierno que los acecha y que los priva claramente del derecho a la intimidad. De todo ello se deduce que, en la RDA, no todo el mundo vivía tan bien, ni tan convencido. El Ministerio para la Seguridad del Estado contaba con diecisiete cárceles preventivas. Desde su creación en febrero de 1950, la Stasi encarceló a más de 200.000 presos políticos. La precipitada caída del muro impidió que se destruyeran todos los archivos comprometedores para la siniestra institución y hay 180 Km. de dossieres intactos que lo prueban. Pero es precisamente en lo más profundo de un régimen como la RDA, que busca imponer sus ideas y automatizar las acciones, actuaciones y reacciones de las personas, y más concretamente en la piel del duro Capitán Wiesler, donde el director apela al bien supremo de la conciencia y el sentido común, a la capacidad de todo ser humano para hacer lo correcto, sin que importe lo lejos que se haya adentrado en el sendero equivocado. Aunque la mayoría de los regímenes totalitarios (y especialmente los comunistas, durante el siglo XX) han intentado convertir a sus ciudadanos en instrumentos “al servicio” del Estado, providencialmente, el ser humano ha demostrado su capacidad de pensar, de sentir, y de rebelarse contra el Mal. Así se ha demostrado en el ocaso de muchos de estos regímenes. Una muestra muy clara de esta gradeza del Ser Humano, fue la de Polonia, que en los 80 aceleró, repentínamente, la caída del Telón de Acero (con el decisivo apoyo, por cierto, de Juan Pablo II). Tras medio siglo devastación, infligida brutalmente por dos despiadadas ideologías (Nazismo y Comunismo), el Pueblo Polaco despertó espiritualmente, mediante una pacífica revolución cívica y sindical, en la que la Iglesia Católica jugó un papel determinante. Por último, “La vida de los otros” habla de nosotros (aunque transcurra en los años 70), de que, a pesar de nuestras dudas, de nuestros resquebrajamientos y de nuestras contradicciones como imperfectos seres que somos, estamos llamados a hacer un gran Bien a nuestro alrededor. Ese Bien nadie lo puede hacer por nosotros. Es nuestra parcela, nuestra responsabilidad, ante Dios y con los demás.
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