La pasión de ser cristiano
En un septiembre iniciador de la década de los ochenta, mis padres, colaboradores necesarios del Señor, me regalaron la vida. Siete años llenos de luz y alegría pasé en Algeciras, y desde entonces hasta hoy, Madrid ha sido mi casa. En esta apasionante ciudad han transcurrido años maravillosos de mi vida. He combinado la práctica del deporte (kárate, fútbol y tenis-mi gran pasión-) con el estudio (Derecho y Empresariales) y posterior vida laboral (abogado). He charlado y salido con amigos, he paseado por sus magníficas calles. En definitiva, he disfrutado de una maravillosa juventud, con grandes alegrías y alguna honda tristeza, siempre acompañado de una familia estupenda, unos amigos fieles, una novia y posterior mujer increíble y, sin duda alguna, de Jesucristo. Y es que el Señor, desde que recuerdo, siempre estuvo presente en mi vida. En los Salesianos, en los Agustinos o cuando hice pre-escolar en el “Opu” (como decían mis padres). Pero si en un sitio Cristo ha salido a mi encuentro, ese ha sido la parroquia de San Jorge. Me confirmé y un lazo me ató desde entonces, siendo Roma y el papa Juan Pablo II, la ciudad y el hombre elegidos por el Señor para mirarme de frente. Allí Cristo me hizo su testigo, me acercó a jóvenes enamorados de Él y me mostró el camino de mi apostolado: confirmación y jóvenes de la parroquia de San Jorge. En este lugar he conocido la sal de mi vida, Dios, y la luz del mundo, su Iglesia. He compartido mis más íntimas inquietudes e ilusiones con mis grandes amigos, he vibrado, reído y llorado, y he comprendido el valor de la oración, fuente primordial de la relación de intimidad con Cristo. Y cómo no, entre las paredes de ésta mi segunda casa, ha surgido mi más fiel compañera de viaje, mi íntima amiga, mi mujer, mi bombón, Mart. Con profundo agradecimiento al Señor por tantas gracias recibidas, y a esta parroquia por acogerme y regalarme la felicidad, Mota
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