Todo es para bien

Nací a los nueve meses y un día de que mis padres se casaran. Tuve prisa por llegar al mundo y la puntualidad ha marcado mi existencia. Aprendo a ser más flexibles pero no siempre es fácil acabar con los defectos de uno. En ocasiones ganamos pequeñas batallas, pero al fin y al cabo sólo son eso: batallas.

He tenido una vida sencilla. Fácil, cómoda y bastante feliz. Pasé el colegio y la universidad sin aspavientos. Todo en orden, todo concluido. Etapas quemadas.
Desde niña he tenido pequeñas aficiones, sin constancia ni grandes éxitos. Siempre emocionada por lo nuevo y acostumbrada a lo antiguo, he ido tocando palos, asomándome a ventanas, estudiando posibles mapas para el camino y sólo he encontrado pequeñs certezas, grandes verdades he de decir, que han cimentado mi existencia y le han dado a mi vida algo más que la emoción de lo que empieza.

Uno de mis grandes tesoros han sido y son las letras. He pasado tardes maravillosas delante del papel y mejores noches, infinitas, bajo la tenue luz de la lámpara de la mesilla de noche desentrañando historias. Fascinantes vidas contadas por otro, con el arte del que relata y nos permite sumergirnos en muchos y diferentes mundos.
En la lectura encontré siempre mi refugio y comprendí que permanece aquello que nos apasiona y no las cosas en las que nos empeñamos.

Esta idea está íntimamente ligada a Cristo, a su Iglesia y a la fe que me ha sido regalada. Es el motor de mi vida, el corazón de carne que late en mi interior, mi fuerza y mi pasión. Todo lo mejor que tengo aflora cuando Él, mi Señor, lo saca de mi y lo pone ante sus pies. Y lo pero, lo malo, lo que no me gusta, Él también lo acoge, lo mima, lo abraza, y me lo devuelve para hacerme mirar al horizonte con otros ojos.

Me resulta difícil recordar mi vida “antes”. Antes de Él, tengo recuerdos, la mayoría vagos y muchos insulsos. Desde que preside mi vida, me ha regalado a los mejores amigos y amigas. Los grandes compañeros de viaje, que no llevan maletas ni alforjas, sólo la sonrisa y la verdad en sus talones. Me ha enseñado la fortuna inmensa de mi familia: mis maestros, mis padres. Mi mejor compañera, mi hermana. Me ha dado un caminante fiel que guía mis pasos, a mi lado siempre, con su preciosa y constante sonrisa y la bondad que abandera sus actos. Mi marido, mi amigo, mi querido Mot.

Lo que Dios ha hecho en mi vida ha sido grande. El dolor tiene sentido, el sufrimiento un porqué y la risa nunca está vacía. “Todo es para bien” me dijo alguien un día, y cada minuto que transcurre hago cada vez más mía esa inmanejable verdad.

Marta Ussía.

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