CARTA A FADILAH

Mi querida Fadhilah: ¡La paz contigo! Se han terminado las vacaciones y estoy casi de vuelta a casa. Con el coche aparcado al borde de un escarpado a las afueras de la ciudad, observo la luna, dorada y creciente, asomando sobre el horizonte de luces y grúas de la ciudad, cuyos dos rascacielos penetran el cielo con sus rayos de luz. Del otro lado del horizonte, el sol que ha caído a plomo durante todo el día se ha transformado en un inofensivo disco naranja y polvoriento que se esconde como con vergüenza por el horizonte.

En la profunda soledad de un desierto cuyos confines se mezclan poco más allá con las primeras casas de hormigón de la capital y con sus primeros palacios de columnas doradas y rejas floridas, parece que ni siquiera se oye el murmullo del viento ni el rumor perezoso de los pasos de unos pocos camellos. Famélicos y salvajes, algunos intentan arrancarle a la tierra las últimas hierbas secas nacidas con las últimas lluvias, meses atrás, mientras otros se acercan curiosos a observar al recién llegado que osa invadir su paz.

No obstante, no todo es poesí­a. Estoy mirando con desagrado las torres de alta tensión cuyo zumbido intento ignorar, y comparo la grandeza de la obra del Misericordioso -el impresionante desierto- con la miseria de la obra del hombre, cuyos cochecillos y luces parecen del todo despreciables desde la altura. He sacado una alfombra enrollada del maletero, me he descalzado, y la he extendido de cara a la pista por la que subían hacia la capital las antiguas caravanas de camellos, más allá de la cual se extiende el mar de arena y piedras, y detrás de él, mucho más allá de donde se pierde la vista, la ciudad santa que alberga el tabernáculo de Dios.

Me dispongo a hacer mi oración vespertina, pero mi cabeza vuela a las vacaciones recién terminadas, a las playas de Málaga y a todos los ratos vacíos que he intentado llenar con música y alcohol, así que me he decidido a escribirte mientras haya luz. También pienso en tus ojos negros y tu sonrisa blanca, Fadhilah, y también las largas conversaciones con Malak en nuestro banco de una calle sin nombre del barrio de la Victoria, que han abierto ante nuestros ojos una forma de ver la vida completamente diferente. No todos los cristianos son tan malos ni tan cerriles como siempre nos han dicho que eran, ¿verdad?.

¡En el nombre de Dios, el compasivo, el misericordioso: Dios es el único, el que anhelamos eternamente!, diré en unos instantes. Tantos de esos cristianos viven como si no anhelaran a Dios que da la sensación de que es que no lo han conocido nunca. Pero Malak es diferente, y la alegría que desprende no la había conocido nunca antes. Él dice que eso es la “gracia” de tomarse en serio al profeta Jesús, y de buscar la Verdad. Ha tenido hasta la osadía de repetir que “si no le conoces, no has vivido; y si mueres sin conocerle no mueres, porque no has vivido”. ¿Será esa la vida y la luz de las que hablaba el Profeta (la paz con Él)?

El sol se ha puesto y termino de escribirte ya desde dentro del coche, concluida la oración. En media hora estaré en casa, y mañana empezamos el nuevo curso con las clases, el trabajo, las prácticas… ¡Menos mal que este año, al ser Ramadán, empezamos suavemente!. Después de este verano ya no solamente te quiero desear muchos éxitos y que seas muy feliz en tu nuevo trabajo, sino también que le pidas a Dios que te llene y me llene de esa Vida que rebosa Malak. Si se lo pedimos seguro que un dáa hará brillar para nosotros su rayo y su destello, con más fuerza de lo que hemos visto nunca. Espero seguir escribiéndote con frecuencia. Te deseo la paz.

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