El depertar del “clamor” del Espíritu. Guriezo 2007
“Nosotros no sabemos cómo pedir para orar como nos conviene,- dice San Pablo,- pero el Espíritu, intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rom 8,26) Muchas cosas hemos aprendido a vivir en Guriezo, pero si algo he aprendido yo, algo que ya intuía, pero que necesitaba que me lo confirmaran, ha sido a rezar a Dios con el corazón, movido por el Espíritu Santo, a aprender a pedirle a Dios según lo que Dios quiere de mí, y no lo que yo quiero de Él.
Sumergirse en la teología de algunos de los primeros Padres de la Iglesia ha sido, para mí, y para el grupo de jóvenes de la parroquia que estuvimos en Guriezo, una renovación de nuestra fe, y sobre todo, un punto de partida para hacer de nuestra fe, algo vivo e inquieto conforme a la voluntad de Dios. Nos hemos centrado mucho en la teología de San Ireneo de Lyon, que acabó siendo obispo en Francia para morir, como muchos entonces, mediante el don del martirio.
No puedo condensar todo lo aprendido en un artículo. Pero como ya he dicho, si algo me ha marcado es la necesidad que tengo, que tenemos, de dejarnos llevar por el Espíritu, de permitirle actuar, para saciar esa sed, ese clamor que tiene nuestra carne, nuestro ser, de redención, ese deseo de ser como Cristo. Liberémonos de nuestras ataduras, y concedámosle al Espíritu Santo la libertad para que ore por nosotros, hable por nosotros, y nos guíe en el rumbo correcto, el plan que Dios tenía pensado para cada uno desde la Eternidad.
Todo esto, y mucho más, era necesario “abajarlo” al corazón. La fe consiste sobre todo en pasar al corazón aquello que vamos aprendiendo, lo que se nos va revelando del misterio. Y así nuestro corazón va siendo modelado hacia la perfección por las manos de Dios. Y gracias a la compañía que tuvimos esto fue muy fácil: dos sacerdotes, dos diáconos, y un nutrido grupo de seminaristas de Madrid que viven con amor a Dios, con su mirada puesta en Cristo. No es que fueran tipos brillantes, eran hombres de Dios, y eso bastaba para que Dios obrara a través de ellos, y nos mostraran su tesoro, que portan en vasijas de barro. En su humanidad Dios se mostró irresistible y fuerte.
Hemos vivido una experiencia de Iglesia, una iglesia viva, en comunión, que comparte la mesa eucarística, que reza unida en el Espíritu, ante Cristo eucaristía, que canta unida, baila unida y grita ¡Abba Padre!, capaz de hacer una velada en mitad de la plaza de Limpias, de cantar globos de colores, de comer maravillosamente gracias a unos cocineros estupendos (yo no eché de menos a mi madre, vaya), de mezclarse con una familia singular que nos invitó a una estupenda paella en mitad de su prado, de compartir la fe en los acantilados del cabo de Ajo, de tomar un helado en el Sardinero, de contemplar la creación desde una ermita en lo alto de un monte, de jugarse la vida jugando a un extraño juego de cartas en el que hay que coger un palo de madera, de cantar la tortuga allá donde vayan, o hacer de tip, tipitipitip, y de top, topotopotop, y tantas, tantas cosas y anécdotas más, que necesitaría ocho gacetas seguidas.
Pero por encima de toda anécdota os transcribo una frase de San Ireneo que lo condensa todo: “Porque no haces tú a Dios, sino Dios a ti. Si pues eres obra de Dios, aguarda la mano de tu Artífice, que todo lo hace oportunamente; oportunamente por cuanto mira a ti a la acción de Dios. Preséntale tu corazón blando y maleable y conserva la figura con que te modeló el Artífice, manteniéndote húmedo, no vayas a perder endurecido las huellas de Sus dedos.”
Filed Under: Nuestra Parroquia

