El Dios que se hace presente en el dolor

Antes o después, en la vida del hombre, surge la pregunta sobre el sentido del dolor para el hombre y para Dios. ¿Por qué mueren injustamente personas inocentes? ¿Cómo es posible que exista tanto sufrimiento en el mundo? Se dice que el sufrimiento es la roca del ateísmo. Es el obstáculo para creer para muchas personas, y es donde fundan opciones alternativas a la de la fe quienes no entienden ni desean un Dios al que consideran impasible ante el dolor del hombre. Sin embargo, los cristianos tampoco entendemos ni deseamos un Dios impasible ante el dolor del hombre.

La respuesta no es sencilla. Una dificultad de partida se encuentra en que estas cuestiones se viven más que se cuentan. Pero también pueden expresarse y razonarse. Para realizar una primera aproximación, convengamos en un punto en que probablemente muchos estarán de acuerdo: es esforzado y hermoso dejar de ser el centro y hacer las cosas por amor a otros. El amor que no pasa por el dolor, que no va más allá de él, es flaco amor. El amor del cristiano, es uno que pasa por la Cruz. Sólo así puede llegar a decirse que el amor es más fuerte que la muerte.

Las preguntas suelen ser: ¿Qué hace Dios por los que sufren? La respuesta: los ama. Sin embargo, esta respuesta no basta. En seguida deseamos algo más tangible. ¿Qué más? ¿Eso es todo? ¿No hay nada más, nada más concreto? ¿Cuál es la respuesta de Dios al sufrimiento del mundo?

1.La primera respuesta de Dios al sufrimiento del mundo es Jesús. Dios hecho hombre es Jesús. Mirar sus actos y su vida es la mejor manera de ver cómo es la manera de actuar de Dios en lo concreto. Dios hecho hombre no hace otra cosa que asistir, curar, acompañar, enseñar.

2.Dios responde al dolor del hombre a través de los demás hombres. Las personas que se abren a la fe, terminan descentrándose (dejando de sentirse el centro de su realidad): dan su vida a los demás. Ser cristiano es seguir a Cristo. El resultado de la oración cristiana tiende a ser esa entrega incondicional. Y esta es la manera de actuar de Dios. No tiene manos: yo soy sus manos y su boca si quiero y me dejo. Su Espíritu es el amor de nuestro amor, la fuerza de nuestra fuerza. Sin jamás limitar nuestra libertad, en cambio, se une a ella para dinamizar nuestro espíritu. Es así como actuó a través de Jesús, que era hombre como nosotros. Responde, a través de mí, de cada uno de nosotros, al dolor de los demás hombres. Cuando yo me cierro y dejo de hacer el bien, impido que continúe esa labor regeneradora. Esa es la gran “limitación” del Dios que, siendo omnipotente, quiso hacerse indigente de nosotros.

Pero el sufrimiento, para los cristianos, tiene todavía más sentido que este. Para la mentalidad judía contemporánea de Jesús, el hombre podía encontrarse con Dios cuando percibía su poder manifestado en acciones maravillosas, en concreto en milagros. Si Jesús hubiera bajado de la cruz, si se hubiera tirado del alero del templo sin perecer, entonces, merecería la pena creer en él. (Por cierto, esto para los cristianos es tentación). Para la mentalidad racionalista, Dios se hace accesible en la racionalidad: merece la pena encontrarse con Dios en el bien, la verdad, la belleza… donde puedo entenderlo. El Dios de Jesús no es así. Él es la revelación de Dios no sólo cuando hace signos, no sólo cuando predica, sino también, y de manera especial, cuando muere en la Cruz. De modo que la presencia de Dios se encuentra en la cruz. El sufrimiento de Jesús en la cruz no es consecuencia del abandono de Dios. Jesús es salvador no porque nos salve de la cruz, sino porque nos salva en la cruz, y resucita.

Todo cuanto se construye en la vida, se construye con sufrimiento. No hay dos caminos, uno sin sufrimiento y otro en el sufrimiento. ¿Tendrán éxito estas palabras en nuestra sociedad anorgasmofóbica? Si el hombre eligiera siempre lo que no le trae ningún sufrimiento, entonces acabaría por anularse.

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¿Quién es Loreley? Loreley es el nombre de una peña situada a la orilla este del Rin, cerca de Sankt Goarshausen. Su nombre designa al tramo más estrecho y profundo del río legendario. Desde la Edad Media existen referencias a su utilización como marca en los caminos. Y también, historias y lamentos acerca del peligro que corrían quienes navegaban por el Rin y a ella se acercaban. Por aquellas tierras, ricas en mitos e historias, se propagó la noticia de que una sirena habitaba en la roca. Orientaba a los pescadores, que obtenían una pesca abundante. Pero muchos también naufragaban, cautivados por el embrujo de sus cantos. Los grandes autores del romanticismo alemán escribieron versos a la sirena Loreley, como Heinrich Heine en 1824. Yo, que de sirena tengo poco, en cambio sí quisiera interpretar mis cantos desde la roca en que me siento. Desearía que pudieran ayudar a quienes los escuchan a obtener una pesca abundante. Soy consciente de que si alguien tratara mis palabras como verdades absolutas, podría naufragar. A veces yo he sido la primera. Pero permanezco en mi puesto. Interpreto mis cantos de sirena. Y me esmero por llegar a quien los escucha. Mi formación es económica y jurídica, y ambos enfoques están siempre presentes en mis ideas. La cultura es una de mis pasiones. No como saber acumulado, sino como manera de mirar la vida. Disfruto con el arte, en todas sus formas. También con las humanidades. Soy conciliadora en el conflicto, y me gusta opinar. Lo social jamás me es indiferente. Y quisiera comportarme como cristiana cuando escribo. Este deseo exige mucho de mí. Me obliga a reconocer, con franqueza, mis fallos; a expresar mis anhelos; a no callar; a callar a veces; a denunciar; a alabar; a preguntarme; a leer; a disfrutar; y a permanecer en esta Roca, entonando mis cantos de sirena.



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