En busca de la ansiada felicidad
En este momento histórico de numerosos desencuentros y rebeldías buscadas, en donde parece que cada persona va a su aire, vive su vida y tiene un pensamiento propio, casi ideológico, se expande un increíble mosaico de lo humano en el que resulta lícito que cada hombre busque en su existencia el mejor modo de disfrutar de la vida, teniendo por frase más utilizada: “cada uno que haga lo que quiera”. Lo curioso entonces, y que ha supuesto una gran revelación en mi vida, es el descubrimiento de un denominador común que trasciende las diferencias más insólitas: Todas las personas quieren ser felices.
Me parece interesante poder partir de una realidad tan inquietante. Para mí supone afirmar que en lo más hondo del corazón del hombre, de cualquier hombre, existe el anhelo de plenitud. Parece confirmar que al fin y al cabo todos estamos hechos del mismo barro. Me hace pensar también que si todos poseemos esa inquietud será porque del mismo modo hemos sido creados. Creados en un bien y para un bien y con un corazón palpitante en búsqueda.
Lo sorprendente de esta certeza (me permito la licencia de cambiar la palabra intuición por certeza) es que a lo largo de la historia, incluso ahora (¡quizá más ahora!) se ha filosofado sobre la manera de alcanzar la ansiada felicidad. Se ha discutido y debatido y la realidad es que muchos hombres emprenden una andadura diferente unos de otros para alcanzar la meta de la plenitud. Pero dicen que la felicidad no es la meta sino el camino y, probablemente, tengan razón.
Sabemos que esta búsqueda de la felicidad y de la famosa receta para conseguirla ha traspasado los siglos. Y así sabemos que para Platón se trataba del equilibrio entre las partes del alma, que Aristóteles identificaba la felicidad con virtud, sabiduría y bien y que para Sócrates la felicidad era sinónimo de imperturbabilidad y, aunque no queramos restar mérito a los grandes filósofos de la historia, parece que la humanidad en bloque sigue aspirando al gozo eterno.
Quizá en este siglo más que en ningún otro y en esta parte del mundo más que en ninguna otra, hemos abusado de las ventajas del llamado “Estado del bienestar”, hemos adorado a dioses falsos y hemos comprado una risa temporal con una visa oro y hemos vendido una parte de la plenitud por una imagen.
Quizá por eso en este siglo más que en ningún otro y en esta parte del mundo más que en ninguna otra, resuenen con más eco las palabras de Jesucristo. A lo mejor no nos damos cuenta, incluso podemos pensar que es todo lo contrario, pero ahora más que nunca la palabra salvadora del Señor interpela con más profundidad nuestro cuerpo, nuestro espíritu, nuestra alma. ¿Quién habría de crearnos con un ansia infinita de plenitud si no pudiera colmar dichas aspiraciones? Esta pregunta retórica hace elevar los ojos al cielo, con esperanza, con confianza y algunas frases claman en nuestro interior: “Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme” (Mc 10)
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