San Ignacio continúa deleitándonos
Pues aquí estoy otra vez. No he podido resistirme a esperar dos semanas para continuar charlando con vos sobre mi ajetreada, pero afortunada vida.
Continúe pues, si le parece, escudriñando a este fiel testigo de Nuestro Señor.
Quedó el último día en hablarnos de Francisco Javier y de Pedro Fabro. Cuéntenos algo sobre ellos.
Cierto, en ese punto nos quedamos. ¿Qué decirle de Francisco? Francisco era un auténtico atleta: fuerte, vigoroso, alto, apuesto. Le encantaban las competiciones deportivas, de salto, de velocidad, donde siempre triunfaba. Le costó abrirle el corazón al Señor. En muchas ocasiones le recordaba: “Francisco, de qué le sirve a vuesa merced ganar el mundo entero si al final pierde su alma”. Pero, como es un apasionado, cuando le dijo sí a Nuestro Señor, fue un sí rotundo, sin límites. Cariñoso, afable, entregado a los más pobres y humildes, y santo, pues acepta con alegría y amor la voluntad de Dios en su vida. Ahí lo tiene, convirtiendo y auxiliando a miles de personas en las Indias.
De Pedro, pues decirle que era de familia humilde, al contrario de Francisco, y sin embargo, desde el principio y hasta hoy, han sido buenísimos amigos. Fabro era muy estudioso, y muy brillante. Fue el primero de la Compañía en ordenarse sacerdote. Todos le tenían gran estima, por su conocimiento y su gentileza. De no haber salido yo votado como Superior de la Compañía, habría sido él. Era y es un sabio, y a la vez muy humilde y de trato realmente agradable.
No me quiero olvidar del resto de los fundadores de la Compañía de Jesús, cuando realizamos el voto en Montmartre, el 15 por agosto de 1534. Allí estábamos nosotros tres, y Simón Rodrigues, Laínez, Salieron y Bobadilla. Todos castellanos, menos Rodrigues, que es de la bella Portugal.
¿Es cierto que sufrió muchas persecuciones incluso desde dentro de la Iglesia?
Sí, es cierto. Tuve problemas en Alcalá, después en Salamanca, donde fui encarcelado públicamente, siendo encadenado al pie de mi compañero Calixto, pero repito lo que entonces manifesté: “no existen suficientes grilletes ni cadenas en Salamanca como las que desearía por amor a Dios”.
En París, iba a ser azotado públicamente en el Colegio donde me hospedaba, Santa Bárbara, pero el Director Govea, antes de ejecutar su amenaza, escuchó mis ideas y cambió los azotes por pedirme públicamente disculpas, arrodillándose a mis pies.
También sufrí persecuciones de los inquisidores. En todos los casos sospechaban de la ortodoxia de mis ideas, que luego aceptaron e incluso siguieron. Ir descalzos, vestir como pobres, mendigar la comida…provocaba tensión en algunos sectores de la Iglesia. Luego, lo aceptaron y lo fomentaron como bueno y ejemplarizante.
¿Cómo vivió y vive la crisis de la Iglesia de su tiempo?
Pues con mucho dolor. Es algo dramático. Nuestro Señor Jesucristo nos pidió y ordenó permanecer siempre unidos y, sin embargo, estamos viendo que la Iglesia se rompe, se divide. Ahí tienes a Lutero y su reforma protestante. Lutero tenía razón en cuanto al fondo en algunas cosas, pero se equivocó en la forma. Para reformar la Iglesia, se salió de ella. Por otro lado, los cristianos tenemos el ejemplo de San Francisco de Asís, al que venero con especial devoción. Él quiso y consiguió reformar la Iglesia, creó la orden de los franciscanos, cuyo carisma es la pobreza y la predicación. Pero toda esa “revolución” la hizo desde dentro de la misma.
¿Qué le diría a los jóvenes?
Que no pierdan su alma por ganar el mundo, como le repetí en tantas ocasiones a mi buen amigo Francisco. Que amen a Nuestro Señor Jesucristo, que Él es el único capaz de colmar nuestra ansia de plena felicidad. Que amen a la Iglesia y a su Papa, pues es el lugar donde mejor se conoce el corazón del hombre. Que estudien, recen y profundicen en las verdades de la fe. Que amen al que les amó primero y a sus hermanos, pues todos somos hijos del mismo Dios.
Que sean santos, y que miren a los Santos, de los que yo tanto aprendí y tanto me ayudaron a seguir y amar al Señor nuestro Dios.
Y que nos veremos en el Cielo.
Un fuerte abrazo, para mayor gloria de Dios.
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