CUANDO SUFREN LOS INOCENTES
¿Qué representa la sentencia recaída? El sufrimiento de los inocentes es el más injusto. Nos llena de rabia y de impotencia. En concreto, las ciento noventa y una vidas que se cercenaron en los trenes de la muerte, nos interpelan todavía hoy. La sentencia condenatoria de los autores del crimen ha sido una señal visible de que la justicia tiene una palabra contra los malvados. Pero, ¿está todo hecho?
¿Hasta dónde llega el mal que nos hicieron los terroristas el día once de marzo de dos mil cuatro? ¿Qué nos arrebatan cada vez que actúan? En el Código Penal, se clasifican los delitos en función del bien que vulneran o ponen en peligro. Lo que importa al legislador cuando considera una acción delictiva, es aquello que resulta dañado. De este modo, el primer bien que protege nuestro Derecho, es la vida. El Código comienza tratando de los delitos contra la vida humana: el homicidio, el asesinato, el aborto… Después se castigan los que atacan la salud y la integridad corporal, la libertad, la integridad moral, y así un sinfín de ellos. El terrorismo, se encuentra mucho más adelante, entre los delitos contra el orden público.
Cuando se habla de terrorismo, se habla, por tanto, de quienes actúan tratando de subvertir el orden constitucional y siembran el terror. Efectivamente: la sociedad ha sufrido estos daños de mano de los violentos. El hombre de hoy, dicen, vive bajo una amenaza constante, subyugado por el miedo a lo inconcreto, a un peligro que se cierne sobre él. Tememos las catástrofes, el desorden que convierte la cotidianidad en muerte y escándalo. No queremos vivir con miedo.
Todavía hay más. Los condenados más graves lo fueron por delito de homicidio terrorista. El desvalor de la acción, por tanto, proviene de dos frentes:
Por un lado, se ha arrebatado la vida a ciento noventa y una personas. Y aquí me callaría, ¿hay algo que quepa decir ante tanta muerte, tanta barbarie, tanto mal? Además, otras mil setecientas personas fueron heridas.
Por otro lado, los terroristas atacaron el orden constitucional de nuestro país, el núcleo de la convivencia y de nuestra unión.
El terrorismo indiscriminado y a gran escala, espanta por el número de víctimas. Son tantas, que nos abruman. Y entrando aún más en la esencia de este mal, se descubre algo que escandaliza todavía en mayor medida. Se trata, como dijo el juez Gómez Bermúdez, de un delito con un plus estigmatizante para las víctimas. En los atentados, las víctimas no son el objetivo directo, sino un mero instrumento para atacar al Estado. Los inicuos no repararon en nada, les faltó todo escrúpulo para lograr atemorizar. Los inocentes fueron un sucio instrumento. Aquellos hombres y mujeres fueron utilizados. Su vida y su sufrimiento, también la de sus parientes y amigos, el dolor de una ciudad, sólo fueron medios en manos de los injustos. Aún hoy, la soledad, las pesadillas, el dolor y las secuelas físicas persisten.
¿Qué representa la sentencia recaída?
Cuando el terrorismo se deja ver con toda su crudeza, lo hace en la carne del inocente. El dolor nos quebranta. No tiene sentido. La sentencia y la justicia no podrán dar sentido al dolor. Ningún castigo podrá dar valor a la muerte y a las secuelas. Sí es, al menos, una respuesta al daño. En nuestra sociedad el malvado nunca tendrá la última palabra. La reacción de la Ley no obedece a la venganza, sino que la supera para buscar la justicia. Aquí acaban los pobres medios de los hombres. Nosotros no sanaremos a los heridos. Tampoco sabemos responder a los autores de la matanza. Después de la sentencia, cuando parece que todo está hecho, sigue siendo necesaria una respuesta más allá de nuestra capacidad de entender, acoger el dolor y perdonar. Es momento de abrirse a esa respuesta, que siempre llega, de Aquél que no se deja ganar en generosidad.
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