Vivir con los cinco sentidos

A menudo vivimos tan pendientes de nosotros mismos que la realidad más evidente nos pasa desapercibida. Caminamos sin observar a nuestro alrededor; sin posar la mirada en el cielo brillante, en la lluvia cálida, en el hombre de la derecha, en la rosa marchita. Nuestros ojos no miran, nuestra nariz no huele e incluso nuestras manos no tocan. No escuchamos ni saboreamos. Nos limitamos a llenar nuestra mente de ruidos imprecisos, olores que acaban e imágenes intrascendentes.

Es lógico; la prisa, el estrés, los atascos y la velocidad vertiginosa a la que caminamos nos imposibilitan captar con la plenitud de nuestros sentidos lo que tenemos delante. Desafortunadamente, ello impide que en numerosas ocasiones degustemos las canciones, saboreemos las fotos o palpemos la alegría. Vivimos a medias, si se me permite. Un poco inhabilitados, huérfanos de misterio y emoción auténtica.

Sin embargo (y por rescatar la esperanza de este descorazonador comienzo) existen ocasiones, sencillas a veces, que parecen devolvernos la sensibilidad que había comenzado a esterilizarse. Quizá esa tarde en que la caída del sol nos pilló por sorpresa entre las dunas de una playa remota, en donde el amarillo se mezcló con el naranja y acabó por volverse rojo tras la línea del horizonte, o es posible que la imagen de un par de ancianos, caminando por el parque, agarrados de la mano, sujetando el camino recorrido y mirándose con infinita ternura.
Cuando “algo” enciende esa chispa en el corazón que prende y se expande, uno se ve en la obligación de dejar de mirar para ver, o de cambiar el olfatear por el oler.

Y entonces…al tiempo que nos sentimos más vivos, la realidad nos amenaza con sus inesperadas sorpresas y lo cotidiano se vuelve extraordinario. ¿O no? Se puede, creo firmemente que se puede, tomar un helado y devorarlo con fruición, oler los lirios en agua y retornar al pasado, ver fotos antiguas y emocionarse, tocar la piel de un bebé y elevar los ojos en signo de alabanza por poder gozar de tanta belleza. Espero que no sea una aspiración pueril degustar la vida.

Parece que el disfrute de lo creado puede darse simplemente o darse de una forma novedosa, y ésta es una idea que me recuerda al vino y al modo en que para disfrutarlo, todos nuestros sentidos se ponen alerta. Y es que el vino se observa, y se aprecia el color intenso y la tonalidad específica, se huele y su fragancia recorre la nariz hasta el cerebro, y nos embriaga. Se toca, cuando recorre nuestra lengua de camino a la garganta dejando su sabor, su esencia, su fuerza a su paso. Se saborea, y parece hecho para ser bebido en ese momento, en esa ocasión. Se escucha. Desde el tintineo de la copa, en el suave movimiento que emite sonidos melódicos hasta que llega al estómago.
Ojalá podamos aprender a vivir con los cinco sentidos, para empezar a Vivir…de otra manera.

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