¡Adelante!

Quisiera detenerme en el significado del hecho de ser confirmado, o, quizá más bien, para expresarlo, de ser crismado (palabra menos habitual que confirmado). Con frecuencia, al preguntar sobre el significado de la confirmación se responde: “confirmación de mi fe” o “confirmación de mi bautismo”, siguiendo con aquél tópico de que cuando era pequeño… y ahora que soy mayor… y, en el fondo, dejando entrever que con diecisiete años soy plenamente consciente de la fe que he recibido. No nos engañemos: nunca somos plenamente conscientes de lo que tenemos, porque si lo fuéramos, no pararíamos de dar gracias a Dios. Si tú estás bautizado y has sido crismado en la frente, lo que significa ser ungido, no ha sido como final de un proceso de catequesis que ha podido llevar varios años, aunque coincida con ese final. Si tú has sido confirmado-crismado, ha sido porque Dios te ha querido elegir y ungir de nuevo. Ya te eligió al darte la vida, ya te eligió al ser bautizado, y ahora te ha vuelto a elegir. Elección, pero ¿para qué? Pues similar a la elección que hizo con los Apóstoles el día de Pentecostés enviándoles el Espíritu Santo. En efecto, aquel acontecimiento, narrado por el libro de los Hechos de los Apóstoles, supuso en aquellos que recibieron el Espíritu el verse revestidos de una fuerza de lo alto y convertidos en otros hombres. Este envío del Espíritu no fue exclusivo para los primeros discípulos y el día de Pentecostés. El Espíritu Santo siguió descendiendo sobre multitud de cristianos, de manera que desde un primer momento no se reservó para unos pocos sino que se puso a disposición de todos los cristianos, hasta llegar al día de hoy.
La historia de la Iglesia es la historia de una elección y, he ahí lo importante: también de una misión. El Señor no hace elecciones sin una misión, sin una tarea. De igual manera que una pregunta exige una respuesta, el amor de Dios que te elige, te encomienda una misión. Y esa es la misión de ser testigo. Fuerza no te faltará.
Nunca pensemos que los primeros cristianos lo tuvieron más fácil que nosotros, porque vivieron históricamente más cercanos a Jesús. La certeza de la experiencia de la fe, fundamentada en un acontecimiento histórico y no mítico, nos asegura que precisamente por este Espíritu Santo yo puedo encontrarme con el mismo Cristo Resucitado con el que se encontraron aquellos cristianos de primera hora por el hecho de que estoy en la misma Iglesia en la que Jesucristo mismo prometió estar presente hasta el final de los tiempos.
No quisiera detener la mirada en el pasado, o en lo que han supuesto estos tres años de catequesis para un sacerdote o para los que os habéis preparado, sino en el mirar a ese futuro en el que Dios ha querido contar contigo para ser su testigo no en Jerusalén, o en Judea, como los primeros discípulos, sino probablemente en Madrid, en España y con la gente con la que vives actualmente: en el colegio, la universidad, la familia, los amigos, etc.
Nunca te olvides de que fuiste crismado-sellado para siempre, y constituido testigo de Jesucristo ante toda la comunidad. El Señor, evidentemente, no te necesita, ni a ti ni a nadie, pero ha querido contar contigo y conmigo para que anunciemos a todos que la vida que él nos promete merece la pena. Fuerza no te faltará. Queda tu respuesta.

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