¿PUEDES SOLO?
No hay nada como perder algo para valorarlo y echarlo de menos…Por motivos “proyectuales”, he tenido que ausentarme temporalmente de mi grupo de jóvenes semanal. Y ya empiezo a notar los efectos.
Pues nunca se me ha dado bien llevar mi fe en soledad. Después de 10 años en San Jorge, después de más de cuatrocientos viernes parroquiales, me he acostumbrado a compartir esa fe. Y esta precaria situación en la que me encuentro, me ha hecho meditar sobre la importancia del grupo parroquial en mi vida.
Me he dado cuenta que se ha convertido en algo fundamental, prioritario. Algo en lo que apoyo el sentido de mi vida, donde comparto, donde escucho, aprendo, vivo, y rezo. Es mi lugar de formación, mi escuela de oración, mi apoyo en las crisis de fe, mi respuesta a tantas y tantas preguntas, el fuelle que cada viernes aviva la tímida llama de mi fe. Es donde, en definitiva, comparto con personas con mi misma inquietud el ansia común de acercarme más a Cristo. El grupo me exige, mantiene viva mi conciencia y la somete a constantes reformas, ya que el “día a día”, el medio donde se desarrolla, me la va deformando poco a poco.
Cristo nos busca constantemente. Nos habla, nos educa a través de diferentes situaciones y ámbitos que aparecen en nuestras vidas. Pero qué menos, que simplificarle la tarea, y con una actitud de búsqueda, meternos en un entorno donde sea más fácil encontrarse con Él.
Hay una gran oferta de movimientos y diferentes carismas dentro de la Iglesia, donde cada uno de nosotros podemos encontrar el lugar más idóneo para alimentar nuestra fe.
San Jorge, uno de esos lugares, es una parroquia privilegiada por poder acoger a muchos jóvenes de diferentes edades. Pero a la vez, se hace cargo de una enorme responsabilidad. Tiene que conseguir propagar esa inquietud de búsqueda y transmitir a cada joven confirmado la necesidad de sostenerse en un grupo de fe. Sino, ese joven, solo ante este mundo abanderado por el relativismo, se someterá al riesgo inútil e innecesario de perder el mayor regalo que se la he dado. Y por eso, cada catequista, cada responsable, a su vez, tiene la obligación de beber de una fuente, de un grupo, para ser mejor instrumento de Cristo y poder así transmitir esa inquietud.
Pero la supervivencia de un grupo tampoco es fácil. Porque cada miembro es hijo de su tiempo, y todos arrastramos los valores y cualidades del mismo: La siempre constante “falta de tiempo”, la inexistencia de compromiso, la falta de “curiosidad” para formarse, las constantes distracciones del materialismo, y nuestro “sentido de la vida” adquirido por defecto: Trabajar y poseer lo máximo posible. A todos estos “handicaps” se añade una cualidad inherente a San Jorge: la impuntualidad.
Por culpa de lo anterior, he vivido numerosas “crisis de grupo”, y la única solución que he visto para su subsistencia es la oración y con ello, conseguir que cada miembro tenga claro en su esquema “occidental” de prioridades, que el grupo de fe esté por encima del trabajo, de los estudios, de los amigos, de la novia, del novio, de la familia, de las salidas de los viernes, de los viajes, de las fiestas, de los compromisos sociales,…y sólo por debajo de Dios (siempre que Dios realmente esté en primera posición, claro).
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