¿Quién lo iba a decir?

A veces es complicado no “flipar” cuando miras alrededor en tu vida y comprendes que Dios te ha salvado. Piensas en dónde podrías estar si Él no te hubiera rescatado de las embravecidas aguas de tu soledad y tu impotencia, y se te ocurren sitios fríos o lugares mediocres en los que podrías recostarte para ver pasar la vida, o viviendo a medias, o a enteras, pero con otro espíritu en los ojos, y menos palabras en los labios.

Lo mejor de esta historieta de la que muchos somos protagonistas es que nunca ha dependido de la fuerza ni del coraje de nuestros pobres cuerpos y cansadas (ya en la juventud) almas, sino de ese Amor infinito y desbordante del que sólo intuimos una pequeña parte, pero que ha sido cautivador en exceso, y en numerosas ocasiones.

Lo cierto, es que a estas alturas de la película ya nadie nos vende la moto. Por mucho que el hombre se empeñe en borrar a Dios del mapa, Éste sigue llamando. Sí, sí. A la puerta, al teléfono, por mar, por agua, por tierra, con nombre, con apellidos, con DNI, con fecha de nacimiento. Cristo no llama al hombre en masa, te llama a ti, a él, a mí, en concreto y de mil modos posibles y te dice, a ti que como Zaqueo te subes a lo alto de la higuera, que esta noche se aloja en tu casa. A mí, como al joven rico, que lo deje todo y que le siga.

El mensaje de Cristo sigue prendiendo en el corazón del hombre que busca la verdad. Cuando parece que deberíamos vivir frustrados porque las relaciones humanas se deterioran, porque el individualismo surge con fuerza arrolladora, nos damos cuenta de que existe Alguien que nos quiere por entero, que quiere hacer de nuestra vida algo extraordinario y lo mejor de todo: que tiene capacidad para hacer de nuestra pobreza, luz.

Y por eso seguimos dando gracias cada vez que Jesucristo se sigue entregando por nosotros en la Eucaristía, y compartimos el gozo de una pareja que contrae matrimonio, o de un hombre que se ordena sacerdote, o de un joven que recibe al Espíritu Santo por medio del Sacramento de la Confirmación. Porque nos hace comprender que verdaderamente se puede gozar en este mundo, con cruz, con sufrimiento, pero con la poderosa fuerza de la luz que en el horizonte da sentido a toda nuestra existencia.

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