Adviento: La Esperanza del Cristiano
¿De dónde proviene nuestra esperanza? Si se fundara en nuestras fuerzas, ¡qué débil sería! En cambio, la esperanza abierta y libre del cristiano sólo puede nacer la fe en el Dios que conoce nuestros sufrimientos y se ha comprometido con nosotros.
El pesimismo no es una actitud cristiana. Con frecuencia se nos cuela, seguramente como síntoma de la pequeñez de nuestra fe. Porque la fe en el Dios de Jesucristo nos hace vivir en la ESPERANZA: y una esperanza fuerte y real, que no es la del iluso sino la del creyente. Al mirar el mundo, podemos caer en la desazón: enfrentamientos, leyes injustas, incomunicación, mentira y soledad parecen adheridos a la tierra. Planteadas así las cosas, la desesperanza es una consecuencia lógica. Tanta ausencia del bien nos supera: “aunque dedicara toda mi vida a limpiar tanto mal, no lograría nada”.
Seguiremos sintiendo este desánimo, en la medida en que sigamos creyendo que la respuesta está en nuestras manos. Pero todo podría ser diferente. Y es que la esperanza del cristiano no se pone en sus propias fuerzas, sino en las manos del Padre, que siempre trabaja.
¿De dónde proviene nuestra esperanza? Si se fundara en nuestras fuerzas, ¡qué débil sería! En cambio, la esperanza abierta y libre del cristiano sólo puede nacer la fe en el Dios que conoce nuestros sufrimientos y se ha comprometido con nosotros. No es sordo, ni ciego, sino que mira y escucha. En Éxodo 3, 7 dice Dios a Moisés: “Ciertamente he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus opresores, pues he conocido sus sufrimientos.” Estas palabras conservan todo su vigor más allá del tiempo en que se pronuncien: hoy, de nuevo, el Señor ve nuestra aflicción y escucha el clamor de la Tierra entera. Pero no basta con esto. La buena noticia es que su respuesta no se agota en las palabras, sino que se concreta en lo tangible: el Verbo de Dios se hace carne, para habitar entre nosotros. Asistimos al gran misterio del Dios que se agacha para alzar al hombre. Esto vivimos en Adviento. Renovemos nuestra esperanza:
Esperanza agradecida del que confía en la providencia, en el Dios que nos ha dado todo. ¡Todo! No se contentó con darnos la vida, sino que se compromete con nosotros cada instante, hasta el final.
Esperanza con los pies en la Tierra. No una esperanza que se evade de la realidad, sino una que conoce y abraza la realidad. Con los pies en la Tierra, pero con la mirada fija en el que ha de venir.
Esperanza activa, que nos dinamiza a trabajar por el Reino de Dios, a poner nuestras manos al servicio del que viene, mirando el sufrimiento como Él lo mira, y dejando que el Verbo se haga carne también en nosotros. Permitamos que la respuesta del Señor a la aflicción del hombre se encarne en nuestra vida, en nuestro trabajo, en nuestras conversaciones, en nuestras casas.
Esperanza abierta a lo desconocido. Pronunciemos con María esas palabras que liberan del temor a lo incierto: “Hágase en mí según Tu Palabra”. Sólo así acogeremos el don. Sólo así alcanzará este tiempo de Adviento su dimensión más profunda en nuestra vida.
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