Creyentes en el ágora

Leía hace unos días con cierta desazón un artículo publicado en una prestigiosa revista internacional sobre la religión y las nuevas “guerras” que ésta provoca. El artículo en cuestión me pareció en general bastante desafortunado por caer en ciertas contradicciones, tópicos y ambigüedades que demuestran que el escritor poco o nada debe saber de la religión y lo que esto implica para quien la practica.
El primer gran error de bulto me pareció la ignorante simplificación de hablar casi siempre de la religión en general, como si el Catolicismo, el Islam o el Budismo fueran lo mismo. Partiendo del máximo respeto que tengo a todo aquel que profesa una religión -y a los que no profesan ninguna también-, parece un reduccionismo atroz considerar que los principios, valores y prácticas de toda religión son iguales. Incluso el artículo relacionaba guerra y religión con una facilidad alarmante, cuando la propia etimología de la palabra alude a “delicadeza” o “escrúpulo”, es decir, lo contrario precisamente de la palabra a la que se pretende asociar en no pocos medios de comunicación y en parte de la sociedad. Si bien en la historia se han producido conflictos por esta causa, creo que las tensiones producidas hoy en su nombre están mayormente relacionadas con otros problemas endémicos como el territorio, la extrema pobreza o la marginación.
La “brillante” columna partía de una consideración objetiva, cual es el hecho de que “fuera de Europa Occidental, la religión ha ganado peso en el ámbito público”. Y es que por más que los gobiernos quieran empeñarse, las creencias de los individuos no pueden limitarse exclusivamente al ámbito de lo privado, pues dichas creencias pueden y deben moldear sus actos en la vida. Sin embargo, hasta aquí llegaba lo acertado, que es, insisto, reconocimiento de hechos. A partir de aquí se recomendaba una difícil y contradictoria actuación por parte de los gobiernos y autoridades: no tener en cuenta en absoluto la religión de tus ciudadanos, pero sí en algunos casos para resolver conflictos o guerras de religión (en este caso se aludía por ejemplo al problema de Oriente Medio). Es decir, no importan nada tus ciudadanos, que para eso pagan impuestos y te eligen, sino que sólo debes “utilizar” la religión para calmar o reducir la ira de los religiosos, como si no pudieran razonar o medir sus actos. Estas recomendaciones no pueden ser más desafortunadas. Gobernar equivale a dirigir, y esto no puede realizarse de una manera mínimamente acertada si no se hace desde la consideración de las inquietudes y necesidades de tus ciudadanos. Esta afirmación es aun más válida cuando en el mismo artículo se reconoce que, a pesar de los intentos en décadas anteriores, los gobiernos no han sido capaces de reducir la religión al ámbito privado. En este sentido, los poderes públicos, y así también lo reconoce nuestra querida Constitución, deben tener en cuenta las creencias religiosas de sus ciudadanos. Asimismo, recurrir a la religión sólo para resolver conflictos (como el palestino israelí) no puede ser creíble si no es desde una postura sincera y auténtica, y ello exige por tanto no “usar” la religión, sino entenderla y respetarla.
El artículo terminaba con otros “regalos” como el decir que la ayuda del sector público a la iglesia ha causado un cierto ateísmo en el continente europeo -sin señalar el alarmante relativismo moral- y que por ello había que separar totalmente Iglesia y Estado y toda relación entre ellos. Aparte de no argumentar esta tajante afirmación o relacionar causa-efecto, resulta más que criticable por no decir paradójico.
En definitiva, la aparente buena noticia de que los gobiernos no pueden eliminar la libertad individual de creer y profesar una fe pacíficamente ni reducirla al ámbito de lo privado se mancilla con afirmaciones, ambigüedades y simplificaciones que no pueden partir sino de la más firme ignorancia. Una pena cuando además se trata de un enorme, exitoso e influenciable medio de comunicación. La desazón a la que aludía al comienzo de mi columna es que si este tipo de “errores” se producen en un medio de comunicación, ¿cuántos más podrán encontrarse en el ciudadano de a pie?

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