El más vil asesinato

Quisiera comenzar con una cifra desgarradora: 98.500 abortos en España en el año 2006. Duro golpe para los que aún les quede algo de sensibilidad moral. Nos rasgamos las vestiduras con los más de setenta casos de violencia doméstica en este año, sufrimos cuando vemos el rechazo en televisión de la chica rusa a su ex novio que, días después, le costó la muerte a manos del públicamente ofendido. Nos lamentamos con dolor cuando leemos una noticia en la que un padre ha matado a su hijo en una fuerte discusión familiar. Nos repugna ver a un ignorante pegando patadas a una niña sudamericana en el metro de Barcelona, o a unos niños de un colegio dando una paliza a otro y grabándolo por el móvil. Y es bueno que esas tremendas noticias arañen nuestra conciencia, pues significa que seguimos vivos. Sin embargo, resulta indignante el silencio mediático y social respecto al más vil y despreciable asesinato que se comete en España, y en el Mundo: el aborto. Ese ser indefenso, débil y necesitado que es aniquilado y triturado por las más inmundas y desaprensivas calles de nuestras despiadadas conciencias. Ese niño que grita, que sufre y que llora cuando ve venir su final antes de su comienzo, cuando siente que las zarpas de una sociedad anestesiada caen sobre él. Ese ser humano que, incapaz de defenderse, no preparado para tan indestructible ataque, cede y se doblega ante la inmundicia del que podía ser su padre. No es más que ese David atrapado en las sucias manos de un envilecido Goliat. Un David que grita para que alguien, quizás su madre, venga en su auxilio, pero que se da cuenta, ya con la sentencia de muerte dictada, que es su propia madre, ejercitando su derecho a elegir lo que quiere hacer con su cuerpo y con su vida, la que ha invitado a lo más despreciable de la raza humana a meter sus asesinas manos en su cuerpo, convirtiéndola en ese triste momento, en la madre que nunca llegó a ser. Quiero trasmitir un poco de luz en tanto desasosiego, y para ello cito a la Beata Madre Teresa de Calcuta, que reflexiona brillantemente sobre la realidad del aborto y nos ilumina desde una perspectiva de la que, al menos yo, nunca había sido consciente: que el primer ser humano que saludó a Nuestro Señor fue un niño no nacido: “La vida es un Don que Dios nos ha dado. Esa vida está presente incluso en un ser no nacido. La mano del hombre jamás debería poner fin a una vida. Estoy convencida de que los gritos de los niños cuyas vidas han sido truncadas antes de su nacimiento hieren los oídos de Dios. Tanto es así que el primer ser humano que dio la bienvenida a Jesús, que lo reconoció desde el seno de su propia madre fue un niño: Juan el Bautista. Es algo maravilloso: Dios elige a un niño no nacido para anunciar la venida de su Hijo Redentor.” Que ese mismo niño Dios proteja a todos los no nacidos para que, como él, sean amados y acogidos desde su concepción.

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