Notas sobre el Sacramento de la Confirmación
Ungir significa, en una de sus acepciones, elegir a alguien para un puesto o para un cargo. Cuando somos ungidos se aplican los óleos sobre nuestra piel en señal de que somos elegidos. En efecto, de los cristianos se dirá: “tan grande es el cargo al que Dios los ha nombrado, que no les es legítimo declinar” (Epístola a Diogneto, anónimo de finales del siglo II).
El Sacramento de la Confirmación se dispensaba al principio de la historia de la Iglesia, junto con el Bautismo y la Comunión. Sólo más tarde se fue desvinculando de estos otros dos y fue adquiriendo el estatuto de sacramento de la madurez del cristiano. En la Iglesia Oriental se recibe el sacramento de la Crismación, que ha tomado su nombre del crisma, el óleo con que se unge al que recibe el don del Espíritu, y que recuerda que los cristianos, al igual que cristo, somos “ungidos”. Ungir significa, en una de sus acepciones, elegir a alguien para un puesto o para un cargo. Cuando somos ungidos se aplican los óleos sobre nuestra piel en señal de que somos elegidos. En efecto, de los cristianos se dirá: “tan grande es el cargo al que Dios los ha nombrado, que no les es legítimo declinar” (Epístola a Diogneto, anónimo de finales del siglo II).
La imposición de manos fue el primer antecedente del Sacramento que hoy recibimos. Imponiendo la manos, Jesús curó a los enfermos y bendijo a los niños. Del mismo modo, los apóstoles repetían este gesto, y así lo relata en el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 8, 17-19 entre otros). De esta manera, cuando se imponen las manos sobre los confirmandos, se invoca al Espíritu para que descienda y habite en ellos, en un gesto que es a la vez de bendición y de sanación.
El Catecismo destaca que Jesús se refiere al Espíritu Santo con distintas palabras: lo llama el Paráclito (Jn 16, 16.26; 15.26; 16.7) que significa “el que ha sido llamado junto a uno”. También lo llama “advocatus” y “Espíritu de la Verdad”: el que nos desvela a Cristo, pero no se revela a sí mismo. En el libro de los Hechos y en las cartas de los apóstoles, se encuentran otros nombres: Espíritu de la promesa (Ga 3, 14; Ef 1, 13), el Espíritu de adopción (Rm 8, 15; Ga 4, 6), el Espíritu de Cristo (Rm 8, 11), el Espíritu del Señor (2 Co 3, 17), el Espíritu de Dios (Rm 8, 9.14; 15, 19) y el Espíritu de la Gloria… Con todos estos nombres, a la vez, el Espíritu es uno y el mismo en todas las personas. Es el mismo que “habló por los profetas”
Es el Paráclito: “el que ha sido llamado junto a nosotros”, para que vivamos según el Espíritu, y no vivamos según la Ley. El Espíritu nos llama a superar los preceptos: hace que la vida entera mire al Señor, yendo más allá del cumplimiento y pasando a ofrecernos por completo. En palabras de Luis González-Carbajal, el Espíritu “es el Amor de nuestro amor, la Fuerza de nuestra fuerza, la Inteligencia de nuestra inteligencia”. Actúa de forma tan íntima en nosotros que se funde con nuestra actuación, y en ocasiones cuesta reconocerle. Y a la vez, “nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1 Co 2, 11). Dos intimidades que se unen gracias a que “el que ha sido llamado junto a nosotros” permanece siempre. Y nos envía siempre. En todo momento nos llama a anunciar que, en Cristo y en los cristianos, se cumplen las palabras de Isaías:
El Espíritu del Señor está sobre mí
porque me ha ungido.
Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva,
a proclamar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
Para dar la libertad a los oprimidos
y proclamar el año de gracia del Señor.
(IS 61, 1-2)
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