Respuestas a una imperante secularización

El miércoles pasado vino a San Jorge Ignacio Arsuaga, Presidente de la Plataforma Hazte Oír, a darnos una charla-coloquio sobre el relativismo moral y la libertad religiosa, incidiendo en las respuestas del cristiano ante tanta imposición laicista.

Ya el Papa Juan Pablo II hablaba de la secularización en su genial Exhortación Apostólica Christifideles Laici (1988): “¿Cómo no hemos de pensar en la persistente difusión de la indiferencia religiosa y del ateismo en sus más diversas formas, particularmente en aquella —hoy quizás más difundida— del secularismo? (…) El hombre arranca las raíces religiosas que están en su corazón: se olvida de Dios, lo considera sin significado para su propia existencia, lo rechaza poniéndose a adorar los más diversos «ídolos»”.

En aquella charla, Ignacio nos habló del relativismo, de la teoría de género, de lo políticamente correcto, del homosexualismo…es decir, de toda esta corriente relativista y laicista que sufrimos en España, muy especialmente desde la llegada al poder de Rodríguez Zapatero.

Y nos preguntamos: ¿qué puede y debe hacer el cristiano? En la misma Encíclica, Juan Pablo II dice: “Nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas, políticas y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy particular, la acción de los fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso.”

¡Qué importante es la oración en la vida de un cristiano! No es tanto algo importante, como necesario. El cristiano bebe en la oración, come en la oración, descansa en la oración. Es ahí donde se encuentra con el Señor, donde cuida la intimidad con Él. Donde le escucha, donde le siente, donde es acogido. Así también ocurre en la Eucaristía, y en la Confesión. El Señor te abraza, se da, y se entrega a ti.

Pero, a mi juicio, ese regalo del Señor, tanto en los Sacramentos como en la oración, no debe ser guardado y vivido sólo por nosotros, y entre nosotros. El cristiano está llamado a salir a la calle, a pronunciarse, a ser testigo de Cristo y de su Iglesia en todo momento, y en todo lugar. “Evangelizar a tiempo y a destiempo”, que decía San Pablo.

Eso no siempre va acompañado de palmaditas en la espalda, sonrisas y abrazos. Habrá momentos de desolación e incomprensión. Aún así, debemos denunciar el aborto, la eutanasia, las leyes antifamiliares, la destrucción de la institución más importante de una sociedad: el matrimonio. Pero también debemos pronunciarnos sobre la complicidad y compadreo con los terroristas, sobre los que quieren desunir nuestra nación, sobre los que asestan golpes letales a nuestras libertades.

No caigamos en la tentación de pensar que las cosas terrenales y temporales desvían y manchan nuestro amor al Señor. Antes bien, al amar al Señor y su Iglesia, nuestra Iglesia, debemos también defender y dar testimonio de todo aquello que Él y la Iglesia promulga, enseña y cuida.

Para mayor gloria de Dios.

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