Sal de la tierra y Luz del mundo

La sal sazona, da sabor, conserva. La luz ilumina, esclarece, alegra. Cristo no usó estas comparaciones de forma aleatoria cuando nos dice a los cristianos qué debemos ser al mundo en el mundo.

Somos Sal: Por el Bautismo y la Confirmación hemos recibido el don de la Gracia, el sabor. El cristiano es a la sociedad como la sal a la comida. Normalmente la sal es menuda y poco numerosa comparada al resto de ingredientes de cualquier plato pero basta con un poco para enriquecerlo. El mundo necesita de los cristianos para estar completo. Labor nuestra es no perder nuestro sabor, conservarlo, compartirlo lejos de desvirtuarnos y dejarnos llevar por lo engañoso de lo que nos rodea. San Pablo dijo a los Romanos: “no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rm 12, 2). Con los sacramentos recibimos esa renovación y nos adentramos en una nueva vida tocada por Dios. La sal también se ha utilizado desde antiguo para conservar. Tenemos fe y somos sal. La fe ha de ser conservada por la sal, es decir debemos cuidar nuestra fe y alimentarla en la oración.

Somos Luz: “El encuentro personal con Cristo ilumina la vida con una nueva luz, nos conduce por el buen camino y nos compromete a ser sus testigos. Con el nuevo modo que Él nos proporciona de ver el mundo y las personas, nos hace penetrar más profundamente en el misterio de la fe, que no es sólo acoger y ratificar con la inteligencia un conjunto de enunciados teóricos, sino asimilar una experiencia, vivir una verdad; es la sal y la luz de toda la realidad” (cf. Veritatis splendor, 88).
En el contexto actual de secularización, en el que muchos de nuestros contemporáneos piensan y viven como si Dios no existiera, o son atraídos por formas de religiosidad irracionales, religiones a la medida, es necesario que reafirmemos que la fe es una decisión personal que compromete toda la existencia.“¡Que el Evangelio sea el gran criterio que guíe las decisiones y el rumbo de vuestra vida!”(Juan Pablo II). Viviendo esto con fe seremos misioneros con los gestos y las palabras. Seremos signos del amor de Dios dondequiera que trabajemos y vivamos.
Como dijo Juan Pablo II a los jóvenes del mundo,”Sed testigos creíbles de la presencia amorosa de Cristo. No lo olvidéis: No se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín.” (cf. Mt 5,15).
Seamos Sal de la tierra y Luz del mundo. Que así sea.

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