Con bocatas al portal

Queríamos hacer algo especial, algo distinto para prepararnos para la Navidad, algo ilusionante que nos permitiese llevar a la práctica el espíritu de entrega y nos ayudase a crecer como personas y como grupo. La idea de los bocadillos surgió un día en una reunión, hablábamos de hacer algo más palpable, más cercano a los necesitados, de salir, de hacer voluntariado y de ayudar, aunque visto desde ahora no sé quién fue más ayudado, si ellos o nosotros.
Dando se recibe, es una frase que todos hemos podido escuchar y que ojala todos logremos experimentar. Una noche, hicimos bocadillos y salimos a las calles en busca de gente que los pudiese necesitar. Nos reunimos en la parroquia cada uno con unas cuantas barras de pan, embutidos y sopa caliente y nos pusimos manos a la obra. ¡Nunca había visto tanto bocadillo junto! Los cargamos en mochilas y en bolsas y nos fuimos recorrer las calles, pero antes nos pasamos un rato por la capilla para rezar. No me acuerdo muy bien de lo que pedía y no sé que pedirían los demás, pero estoy bastante convencida de que todos rogábamos poder ser de utilidad y poder ayudar esa noche a mucha gente. No sabíamos cómo iba a salir aquello, era la primera vez que lo hacíamos pero aun así sabíamos que no estaríamos solos, el Señor nos acompañaría paso a paso y saldría a nuestro encuentro cada vez que nos abrían una tienda, una caja o un saco y aparecía una gran sonrisa y palabras de amabilidad. También supo poner palabras de aliento en nuestras bocas, palabras de consuelo que sin duda a nosotros nos hubiesen resultado difíciles de pensar.
Esa noche conocimos a dos Ángeles, y digo bien, dos hombres que se llamaban así con los que hablamos largo y tendido durante un buen rato. Uno nos contó su vida a la luz de una pequeña lumbre que daba más humo que calor, fue un pastelero y también un actor y ya llevaba más de veinte años en la calle, y hacía tres días que no comía. Nos habló de la soledad de vivir así, de que la gente se apartaba cuando él solamente quería compañía y que nos agradecía más que el bocadillo, la atención que le dedicaba un grupo de jóvenes entero. El otro Ángel era un chico joven que desde los catorce años estaba metido en el mundo de la droga, del cual había intentado escapar en repetidas ocasiones pero en que volvía a caer una y otra vez, aunque ya estaba dispuesto y decidido a salir del fango. Le ofrecimos dos bocadillos, uno para él y otro para su compañero. Dijo que no sabía si su amigo volvería pero que pensaba guardarle el bocadillo hasta su regreso, y de hecho cuando volvimos a pasar vimos que había dejado el bocadillo en el cartón de al lado, no lo había tocado pese al hambre que él tenía y nos repitió que soñaba compartirlo con su amigo.
Hacía mucho frío y estábamos algo cansados y con hambre, pero cada vez que veíamos a otra persona durmiendo en el suelo, se nos caía la cara de vergüenza por simplemente pensarlo y continuamos nuestro recorrido hasta que hubimos repartido todos los bocadillos. Aquella noche fue sin duda especial, conseguimos unirnos si cabe más como grupo, entregamos un poco de nuestro tiempo y atención y a cambio obtuvimos paz y sosiego sintiendo que habíamos puesto nuestro pequeño granito de arena, crecimos en la fe y en nuestra unión con Cristo pues conseguimos ayudar a nuestros hermanos aunque fuese por una noche y compartimos la realidad tan aparentemente distante y tan sorprendentemente cercana de aquellas personas que no tienen nada. Ganamos mil veces más de lo que dejamos y logramos repartir el espíritu de la navidad de una manera distinta, no con regalos si no con bocadillos, no a los pies de un árbol de Navidad si no en las manos de aquel que lo necesita.

Filed Under: Cartas al Director

116 Visitas



Dejar un comentario