Recuperando la humanidad perdida
El otro día, comiendo con un gran amigo, me contó algo que le había sucedido y que me conmovió significativamente al mismo tiempo que me hizo reflexionar.
Mi amigo volvía a Madrid desde Sevilla en el AVE. A la altura de Córdoba, le preguntó al señor que estaba a su izquierda si se conocían de algo, pues la cara de éste le parecía conocida. Tras varios intentos fallidos de encontrar puntos comunes, ambos llegaron a la conclusión de que simplemente se resultaban familiares. Sin embargo, la conversación no decayó y ambos comenzaron a hablar de sus vidas. Pronto, mi amigo comprendió que le unían a aquel hombre bajito y de voz cálida muchas más cosas de las que habría podido imaginar. Ambos habían vivido tristezas similares y habían encontrado consuelo y alegría en el mismo lugar.
Tuvieron una conversación que duró de Córdoba a Madrid, de una intensidad y cercanía tal que hizo que los dos hombres, desconocidos hasta entonces, se sintieran unidos por un lazo invisible. Ese que une a todos los individuos, hechos del mismo barro, y que tan pocas veces sale a la luz.
Mi amigo reprodujo la conversación emocionado y agradecido y yo sentí esa conmoción que ambos habían compartido como propia. Pues nada de lo que sucede en verdad a los hombres nos es ajeno.
Esta no es una historieta de navidad que pretende reblandecer el corazón y hacernos recordar que, en realidad, todos los hombres somos hermanos y tenemos mucho más que ver unos con otros de lo que creemos. Es una historia de humanidad, de la que estamos hechos todos los hombres y mujeres. De la que Cristo hombre trajo al mundo y que a lo largo de su vida observamos sin cesar. Es la humanidad de Cristo con la samaritana, con la mujer adúltera. Es la humanidad de Cristo con Marta, María y Lázaro. Es la humanidad de Cristo con la hemorroísa, con el ciego de Jericó. Es la increíble humanidad de Cristo con Pedro. “- Pedro, ¿me amas? Es la humanidad que transforma el corazón del hombre y que muchos de nosotros hemos vivido en nuestras propias carnes. Cuando nos encontramos solos y alguien vino a escucharnos, cuando estuvimos cansados y alguien nos prestó un regazo sobre el que descansar, cuando nos hallábamos tristes y alguien nos rescató del sufrimiento. Cuando volvimos en el AVE a nuestro hogar y un hombre nos abrió su corazón.
Esta es la humanidad que anhelamos para nosotros y para el resto. La humanidad de no quedar indiferentes, que en palabras de la Beata Teresa de Calcuta constituía el peor pecado del hombre actual. La humanidad de conmovernos y de mirar, más allá de nuestra estrecha realidad. Y éste es mi deseo para estas Navidades que comienzan. Vivir con Verdad y recuperar lo tangible, lo corpóreo, lo psicológico y lo que no se ve pero que todos llevamos sabiamente grabado en el corazón.
Feliz Navidad amigos…Feliz y humana Navidad.
Filed Under: Columna Libre

