¿Cómo es Adolfo Nicolás, el nuevo General de los jesuitas?

Tras la renuncia del anterior Prepósito General de los jesuitas, el Padre Peter Hans Kolvenbach, fue elegido para sucederle el español Adolfo Nicolás. ¿Cómo es el nuevo sucesor de San Ignacio de Loyola? Adolfo Nicolás es palentino, nacido en 1936. Cuantos lo conocen lo definen como un hombre “alegre, abierto, sencillo, inteligente, ecuménico y apasionado por el diálogo con las diferentes culturas”. Un hombre “del mundo de hoy”. Habla Español, Japonés, Inglés, Francés, Italiano, Latín y Griego. Estudió en el colegio de los jesuitas de Roquetas de Mar, y posteriormente en el de Madrid –entonces el colegio de la Inmaculada y San Pedro Claver-. Ingresó en el seminario en Aranjuez en 1953. Pero pronto cambiaría su vida. En 1964 fue enviado a Japón, donde estudió Teología y se ordenó sacerdote. Posteriormente se doctoró en Teología en la Universidad Gregoriana de Roma, especializándose en Semiología. Su actividad, en lo sucesivo, se centró en el extremo Oriente. Fue Director del Instituto Pastoral de Manila (Filipinas), Provincial de la Provincia de Japón (1993-1999) y, por último, Moderador de la Conferencia Jesuita del Asia Oriental y Oceanía (2004-2007). Todos estos méritos, quizás, dirijan la atención en la dirección equivocada. Es necesario ir más allá de ellos para ver lo que, quizás, haga más valioso a este hombre: su trabajo con refugiados y emigrantes en Japón y Filipinas; su calidad humana; su religiosidad apacible, forjada en contacto con Oriente; su opción preferencial por los pobres; y su disposición al encuentro con el que es diferente, y en concreto al diálogo entre Oriente y Occidente. El recién nombrado Prepósito General muestra una fuerte resolución para impulsar la misión de los jesuitas en el Mundo, caracterizada por un carisma de profunda oración -que mana de la espiritualidad de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola-, y por la vocación al servicio del hombre, que se concreta en una apuesta por los pobres y en la máxima de su fundador: “En todo amar y servir”. “La misión de la Compañía –ha dicho Adolfo Nicolás- es anunciar la salvación a las naciones. Hoy las naciones son los marginados, los excluidos, todos los disminuidos porque la sociedad sólo apuesta por los grandes.” Ha pasado la mayor parte de su vida trabajando con emigrantes en Filipinas y en Japón, de los que, como dice, aprendió “la confianza en que sólo hay salvación en Dios”. Con la elección de Adolfo Nicolás se renueva la Compañía de Jesús, y toma un nuevo impulso. Su generalato deberá hacer frente a importantes retos, que expuso con meridiana claridad el Cardenal Rodé, Prefecto de la Congregación para la Vida Consagrada. En la homilía que pronunció el pasado 7 de enero, valoró así la misión de los jesuitas: “La tradición de la Compañía, desde los primeros tiempos del Colegio Romano, se ha colocado siempre en la encrucijada entre la Iglesia y la sociedad, entre la fe y la cultura, entre la religión y el secularismo.” Y se dirigió a ellos: “Retened tales posiciones de vanguardia tan necesarias para trasmitir la verdad eterna al mundo de hoy, con un lenguaje de hoy. No abandonéis este reto. Somos conscientes de que la tarea es difícil, incómoda y arriesgada, y a veces poco apreciada, si no mal entendida, pero es una tarea necesaria para la Iglesia y es parte de vuestro modo de proceder”.

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¿Quién es Loreley? Loreley es el nombre de una peña situada a la orilla este del Rin, cerca de Sankt Goarshausen. Su nombre designa al tramo más estrecho y profundo del río legendario. Desde la Edad Media existen referencias a su utilización como marca en los caminos. Y también, historias y lamentos acerca del peligro que corrían quienes navegaban por el Rin y a ella se acercaban. Por aquellas tierras, ricas en mitos e historias, se propagó la noticia de que una sirena habitaba en la roca. Orientaba a los pescadores, que obtenían una pesca abundante. Pero muchos también naufragaban, cautivados por el embrujo de sus cantos. Los grandes autores del romanticismo alemán escribieron versos a la sirena Loreley, como Heinrich Heine en 1824. Yo, que de sirena tengo poco, en cambio sí quisiera interpretar mis cantos desde la roca en que me siento. Desearía que pudieran ayudar a quienes los escuchan a obtener una pesca abundante. Soy consciente de que si alguien tratara mis palabras como verdades absolutas, podría naufragar. A veces yo he sido la primera. Pero permanezco en mi puesto. Interpreto mis cantos de sirena. Y me esmero por llegar a quien los escucha. Mi formación es económica y jurídica, y ambos enfoques están siempre presentes en mis ideas. La cultura es una de mis pasiones. No como saber acumulado, sino como manera de mirar la vida. Disfruto con el arte, en todas sus formas. También con las humanidades. Soy conciliadora en el conflicto, y me gusta opinar. Lo social jamás me es indiferente. Y quisiera comportarme como cristiana cuando escribo. Este deseo exige mucho de mí. Me obliga a reconocer, con franqueza, mis fallos; a expresar mis anhelos; a no callar; a callar a veces; a denunciar; a alabar; a preguntarme; a leer; a disfrutar; y a permanecer en esta Roca, entonando mis cantos de sirena.



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