A un católico valiente

Curiosamente, la Constitución española recoge en un mismo precepto y con un mismo rango constitucional, el de derecho fundamental, la libertad ideológica y la libertad religiosa.
Pues bien, en esta España plural y democrática, abierta y moderna, es permisible y políticamente correcto que el Señor Zerolo se manifieste a favor del matrimonio homosexual, en base a sus convicciones ideológicas, y sin embargo no se acepta y se critica duramente que el Cardenal García-Gascó, por poner un ejemplo, se postule a favor del matrimonio entre hombre y mujer, conforme a sus convicciones religiosas.

Por otro lado, y en la misma línea, Pepiño Blanco puede exponer sus ideas sobre el aborto o el divorcio expréss, usando para ello criterios ideológicos, pero nuestro Arzobispo, el cardenal Rouco Varela, no debe manifestar públicamente la Doctrina de la Iglesia Católica al respecto, pues se basa en criterios religiosos.

Si es que ya lo ha dicho nuestra querida Vicepresidenta, supuesto miembro del Gobierno más próximo a la Conferencia Episcopal: “Nadie va a admitir que desde los púlpitos se trate de condicionar la política”.

O lo que es lo mismo: la Doctrina Católica mejor encerradita en las sacristías. Los curas, obispos y cardenales que hablen en sus homilías, a los suyos. Luego, en la calle, por favor, que estén bien calladitos.

Es decir, en la España del 2008 se puede decir lo que se piense, además creyéndote con una autoridad moral insuperable, siempre que se utilicen argumentos ideológicos o políticos. Los argumentos morales basados en principios religiosos que se queden bien acurrucaditos en las parroquias y capillas, no vayan a ofender a los pobres musulmanes o a provocar que algún dirigente socialista cristiano se borre de la Iglesia Católica.

Esto es lo que se nos exige desde el Gobierno, desde los altos cargos socialistas, que han arremetido sin piedad y con extrema dureza contra la Iglesia en las últimas dos semanas por haber convocado, con doloroso éxito para muchos, a las familias cristianas y, sin darnos a penas cuenta, desde amplios grupos y sectores de la sociedad. Siempre el mismo mensaje: la Iglesia, calladita. Los cristianos, acomplejados.

Y esto es lo que ni el Papa, ni la jerarquía de la Iglesia ni los católicos de a pie estamos dispuestos a consentir. Los cristianos somos la semilla del día que comienza, partidarios incansables de la vida. Somos los centinelas de la mañana, los portadores de la luz en el mundo. Somos sal de la tierra y llenamos las casas de alegría. Amamos la familia y lucharemos por ella. Llevamos en el pecho la esperanza y seremos fieles testigos de Cristo.

Nos exigen silencio, y así haremos, pero en la oración. En la calle, hablaremos, sin miedo. Con valentía. Como hizo Aquél que dio la vida por nosotros.

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