Cuaresma
Cuaresma no es tiempo de signos externos y grandilocuentes:
es tiempo de encuentro personal con el Señor.
Cuaresma no es confiar en mis fuerzas:
es ponerme en manos del Padre.
Cuaresma no es medir y pesar mis obras:
es ofrecer mi vida por completo.
Cuaresma no es tiempo para mí:
es tiempo para mis hermanos.
Cuaresma no es castigo y culpabilización:
es abrirme suavemente a la llamada del Padre que llega.
Cuaresma no es hacer sacrificios incomprensibles:
es poner mi vida en juego, al servicio de mi hermano.
Cuaresma no es centrarme en mi propia limitación,
entrando en la dinámica del perfeccionismo:
es reconocer que necesito ser salvado.
Cuaresma no es lamentarme por mi debilidad:
es aprender a confiar en Su fuerza.
Cuaresma no es desconfiar de mí:
es confiar en Él.
Cuaresma no es avergonzarme de mi miseria:
es sentir Su mano que me sostiene y me limpia.
Cuaresma no es tiempo de convocar a los perfectos:
es una llamada a mi puerta de atrás. ¿Abro la puerta?
Cuaresma no es limosna obligada:
es compartir lo que tengo, agradecido, porque nada se me dio por mis méritos.
Cuaresma no es tiempo de ayuno,
si no vivo con austeridad ni comparto con otros aquello a lo que renuncio.
Cuaresma no es tiempo de tristeza y golpes de pecho:
es tiempo de esperanza y apasionamiento por el Reino de Dios.
Cuaresma no es tiempo de prepararse con miedo a la muerte del Señor:
es tiempo de prepararse para mirar y agradecer la vida que despunta y vence en la muerte.
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