De nuevo contigo, Fadilah
Mi querida Fadilah: Dicen que la distancia y el tiempo son la mejor medicina para toda enfermedad del alma, pero por más semanas que transcurren no dejo de echarte de menos.
Te escribo volcando mi pupila en tinta y el blanco de mis ojos en papel, en la esperanza de verte sonreír abriendo esta carta, y deposito un beso en sus bordes para que llegue a tus manos cuando la sostengas. Con la vorágine del estudio y del trabajo, el tiempo se escapa entre los dedos, y me alegro de que comencemos este mes de penitencia para poder escaparme de nuevo al desierto y, desintoxicando el cuerpo mediante el ayuno, purificar también mi alma por la oración y la limosna.
En el siglo III de la era Cristiana, en plena edad de lo que nosotros llamamos ignorancia, los cristianos de Egipto, perseguidos por Diocleciano, ya encontraron la paz y la luz de Dios en el mismo desierto que da a luz a la experiencia espiritual de nuestro Profeta (con él la paz). Imitando en ello a Jesús y a Juan el Bautista, Antón, Pacomio y sus seguidores hicieron realidad en sus vidas lo que Dios había anunciado por boca de Oseas: “te voy a seducir, te llevaré al desierto, y le hablaré a tu corazón, que me responderá como en los días de tu juventud, como el día que te saqué de Egipto”. En realidad, muchos de los que siguieron a los primeros padres del desierto serían jóvenes, cuya vida de retiro y de oración les granjearía deprisa una reputación de sabiduría y santidad que marcaría la espiritualidad de Occidente, y también la de medio Oriente, aunque pronto reducida a casi nada por el empuje del mensaje y de los ejércitos del Profeta, el cual conoció el cristianismo de la mano de algunos de estos monjes.
Cuando un cristiano celebra en condiciones la Cuaresma, hace algo muy parecido a lo que hacemos nosotros durante nuestro Ramadán, con la diferencia de que en Occidente ya no hay un ambiente que recuerde a todos lo que se supone que están viviendo. Aquí, como sabes, tampoco faltan tentaciones para que se nos escape la reconciliación con el Compasivo, pues aunque esté prohibido comer en público durante el día, así como poner música y celebrar fiestas, por respeto a los que ayunamos, nos las hemos arreglado para dulcificar la penitencia durmiendo durante el día y pasando la noche devorando como un Gargantúa o un Pantagruel. ¿Qué nos falta, qué nos desanima a celebrar mal, año tras año, el día en que se abre el Cielo y se cumplen todos los deseos? Creo que es ese imperativo de adorar a Dios en Espíritu y Verdad, que los cristianos, a diferencia de nosotros y de los paganos, sí tienen, pues no se someten simplemente a Dios o a los imperativos de la naturaleza que impone vivir sin religión, sino que se consideran nada menos que amigos de Dios.
Me escribe Malak que las figuras más relevantes de entre los Padres del desierto han vuelto a ser puestas en la primera fila de la reflexión cristiana por el Papa de Roma, que ha presentado a Atanasio de Alejandría, Juan Crisóstomo y Juan Casiano como modelos de buscadores de ese Espíritu y esa Verdad, recordándonos a los musulmanes, como antes en Ratisbona, que no se puede separar el encuentro con Dios de la búsqueda de la Verdad. Y me recuerda asimismo que si bien el diálogo entre religiones –y el laicismo de Occidente no es sino una forma de religión pública, igual que el Islam- tiene el límite de los dogmas de cada una, es irrenunciable un diálogo entre todos basado en la razón –ese logos que existía en el principio, que estaba junto a Dios y que es Dios mismo, por lo que no existe separado de la fe-. Y me cita a un tal Antonio Machado, en cuyo “desierto” particular de Soria fue también seducido por la voz del Misericordioso, lo que le hizo gritar a los hombres de su tiempo: “¿Tu verdad? No: LA Verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.
Mientras sueño impaciente con verte de nuevo, deseo que tú también salgas de Egipto, y que por ti se alumbren aguas en el desierto y torrentes en la estepa, que la tierra abrasada se transforme en estanque y el país árido en manantiales de agua. Te deseo la paz. Shadja.
Filed Under: Cultura


Estas cartas de Fernando están llenas de belleza y de profunda fé. En la tierra abrasada él está ayudando a que se forme un estanque y manantiales de agua. Son cartas para releer y meditar. Gracias, Fernando.