Jugar a ser Dios

“La ciencia sin la conciencia conduce a la ruina del hombre” (Donum Vitae) Esta última semana he tenido la oportunidad de participar en varias reuniones en las que se han tratado cuestiones morales del progreso científico. En concreto los avances protagonistas de las discusiones han sido los que atañen a la vida humana incluso desde antes de su concepción.

La cuestión que más me ha llevado a reflexionar fue la siguiente: En una reunión de novios nos plantearon la hipótesis de que sucedería si en nuestro futuro matrimonio se diese una situación de infertilidad y por tanto no pudiéramos tener hijos propios. En seguida nos pusimos a valorar las alternativas a esa situación. Como imaginareis se planteó la adopción, pero también salieron a escena los métodos de procreación artificial.

Los dos principales exponentes de estos métodos son la “Fecundación in Vitro” y la “Inseminación Artificial”. Ambos métodos son considerados por la Iglesia como inaceptables. A continuación intentaré explicar lo mejor que pueda los motivos más importantes que da nuestra Madre para tal rechazo frontal.

El primero de estos métodos consiste en la fecundación de un óvulo en una probeta. Para que esta práctica se lleve a cabo se requiere la formación y posterior destrucción de un gran número de embriones. Simplemente en la implantación en la madre se usan siempre tres embriones sin la seguridad de que uno de ellos prospere. La mujer puede dar a luz trillizos o no sacar adelante ninguno de los embriones. Es una quiniela de la procreación. A parte de esos tres embriones hay otro gran número, los denominados sobrantes, que se congelan o destruyen. Parece cuanto menos contradictorio que algo que pretende crear vida lo haga a costa de matar muchas otras. Es totalmente aplicable la sentencia de “El fin no justifica los medios”. Tras esta clara conexión entre la fecundación in Vitro y la eliminación voluntaria de embriones humanos parece del todo lógica la oposición de la Iglesia.

El segundo de los métodos, la inseminación artificial, consiste en la transferencia a las vías genitales de la mujer del esperma previamente recogido. El origen al que tiene derecho el ser humano deberá ser el fruto del amor de sus padres. No puede ser querida ni concebida como el producto de una intervención de técnicas médicas y biológicas: esto equivaldría a reducirlo a ser objeto de una tecnología científica. No es un hijo fruto de la unión entre hombre y mujer, es una vida surgida de una intervención médica en la que es el médico quien “fecunda” y no el esposo.
Aparte de los patentes atentados contra la vida de los embriones y de los ataques al derecho del niño a nacer de la unión entre su padre y su madre y no como un producto médico, hay una moral antropológica que va más allá y la enseñanza de la Iglesia afirma que Dios ha querido que haya una inseparable conexión entre el matrimonio y la procreación y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, ya que destruiría los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador, la unión entre hombre y mujer de forma abierta y colaboradora con el Creador de la vida.

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