La Verdad es la misma dentro y fuera de los templos
Acabamos de celebrar la Navidad: este tiempo en el que hemos visto cómo Dios se encarnaba en nuestra historia. En realidad, la vida misma del cristiano ha de ser para encarnarse en el mundo en el que vive e intentar transformarlo. Tendríamos una idea muy equivocada del cristianismo si lo consideráramos como la cuestión que afecta únicamente a mi relación íntima y personal con Dios. El Señor podría habernos revelado su salvación individualmente, pero sencillamente no lo hizo así. ¿Y todo esto a cuento de qué? Pues a cuento de que ese lugar en el que hemos sido salvados se llama la Iglesia.
Sabemos también que la función de los cristianos en el mundo es la de ser fermento en el mundo del Evangelio y de la Verdad. El Evangelio, como es natural, suena muy bien a todo el mundo; todos, incluso los no creyentes, aceptamos el Evangelio como un libro sagrado donde se nos enseña aquella forma de vida que debemos llevar: compartir, ser generosos, o por el contrario evitar: el asesinato, la tortura, la extorsión. Cuando hablamos del Evangelio no hay polémica. Incluso determinadas personas se atribuyen la función de “intérpretes auténticos” de lo que en realidad Jesús quiso decir o pensar, no sólo sin un mínimo conocimiento de la Escritura, sino lo que es peor, ignorando o haciendo olvidar al resto que la interpretación de la Escritura corre a cargo de la Iglesia. La Palabra de Dios es leída e interpretada en unión a la Tradición y al Magisterio eclesiástico. Lo demás: subjetivismo.
Pero en cambio, que a nadie se le ocurra hablar de la Verdad. Es decir, si hablar del Evangelio queda bien, hablar de la Verdad queda como algo horrible, olvidándonos de que si se nos propone el Evangelio y la persona de Cristo como modelo a seguir es porque contiene en sus palabras y en su vida la Verdad absoluta. No olvidemos que Juan Pablo II en Veritatis Splendor, una encíclica sobre moral fundamental y contra el relativismo nos dijo que “el totalitarismo nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena identidad, tampoco existe ningún principio seguro que garantice relaciones justas entre los hombres (…) triunfa la fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su propio interés o la propia opinión, sin respetar los derechos de los demás” (VS 99).
Por tanto, desde este punto de vista, no se debería ver la afirmación de una Verdad objetiva como un ataque a la sociedad o a la democracia, aunque sí trata de atajar el problema del relativismo. Seamos claros: el hecho de que vivamos en una sociedad democrática no significa que la Verdad, el Bien o la Justicia dependan del juego de las mayorías.
Cuando miles de personas se han reunido convocados por su obispo en la calle se ha tratado de cumplir con la misión del cristiano, que es anunciar el Evangelio por todas partes, aunque en realidad este no ha sido el “problema”, sino que ha sido, en primer lugar, el ser testigos de la fuerza con la que el Pueblo de Dios ha respondido a la convocatoria de su obispo y, en segundo lugar, y quizá no tan importante para los medios pero sí para el fondo de la cuestión, el de hablar de una Verdad sobre la vida y sobre la moral. Pero esto sí que no se puede tolerar… ¡en una sociedad moderna y democrática! Algunos llaman a esto tutelas morales.
Que nunca nos echemos atrás ante el convencimiento de que en la Verdad del Evangelio llevamos la semilla que realmente puede mover el mundo.
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