Lo que yo viví
Nunca me ha gustado hablar de este tema en profundidad, pero quizá es el momento. Seguramente porque no he sido capaz de leer todo lo que se ha escrito en estos días. Me duele físicamente escuchar lo que se puede hacer con un niño ya nacido, pues un niño de 8 meses es un niño. Mis hijas son las dos de 8 meses.
Escribo esto para las madres que pueden pensar en algún momento que no se les entiende, que no se les acompaña y que no se valora lo duro que resulta en algunos momentos un embarazo.
Me casé con 21 años y a los 9 meses y un día nacía nuestra primera hija. Fue un parto difícil por lo largo, pero nada más.
A los 3 años de este nacimiento yo ya estaba a punto de volver a tener mi segunda hija, estábamos contentos, la vida siempre nos había sonreído. Incluso cuando nació la primera a mi marido le doblaron el sueldo. Yo vomitaba por todas las esquinas, pero mi juventud, mi ilusión y mi “bendita inconsciencia”, me hicieron aceptar el hecho más duro que iba a acontecer en mi vida.
Nació mi segunda hija el día 21 de octubre, nunca olvido esta fecha. Nació, pero nació muerta. Yo solo tenía 24 años, sentí tanto dolor que ahora cuando lo recuerdo vuelvo a llorar, tenía un vacío indescriptible, mi primera hija me esperaba en casa, yo sabía que tenía que reponerme. Le preguntaba al Señor: ¿Por qué me has hecho esto?, ¿qué sentido tiene que me haya quedado embarazada para que nazca muerta?, ¿por qué y por qué a mi? No entendía nada pero tampoco quería pensar demasiado.
Al año siguiente estaba otra vez embarazada, esta vez era un chico. Seguí vomitando, mareándome y preguntándome a mi misma, como era tan inconsciente y volvía a pasar por esos malos ratos. No era una época de mi vida en la que tuviera mucho trato con Dios; fundamentalmente vivía el momento y ya. Cuando estaba de seis meses y medio, me puse de parto y nació Carlos, oí como la monja en el paritorio lo bautizaba, después me durmieron y me sacaron la placenta a trozos pues estaba infartada. Ahí si me enfadé con el Señor pues me había vuelto a fastidiar mis planes de familia numerosa y encima me había quedado vacía y profundísimamente triste, mi tristeza era dolorosísima. Me dolía el cuerpo y me dolía el alma, no podía entender por qué me hacía eso a mi ya por segunda vez.
Esta vez me enfadé tanto con Dios que le pedía explicaciones, la gente que abortaba me parecía despreciable, repugnante y prácticamente que me hacía daño directamente a mi.
Dios no estaba en aquel momento en mi vida pero sí le vislumbraba, Él quería salir a mi encuentro pero yo no me bajaba de mi árbol.
Tuve una depresión, me sentía la mujer más desgraciada, la más triste, la más, más, más…Yo, yo, yo. ¿Por qué a mi?, ¿por qué en mis hijos?, ¿por qué la muerte de dos niños inocentes? En fin, siempre yo por delante.
Mi marido un día me dijo: – puedes salir de esto. Y yo le creí, miré y le vi a él y a Marta. El señor me había dado muchísimo y yo no había sido capaz de verlo. Había parado mi vida. – Sal de ti- me decía, – deja de recrearte en tu pena- , tienes a dos personas que te quieren y te necesitan.
Y salí. Salí mejor que nunca, sabía que el Señor tenía a Carlos y a Lucia y a mí me había tocado, como siempre hace, con su infinito amor. Supe que los tenía Él y que se encontrarían con nosotros en el cielo.
He dicho hace un momento que viven en el cielo, como todos esos niños que se destruyen y ya están con el Señor. Él los recoge con su infinito amor y les acuna y les abraza y las madres que hemos pasado por estas experiencias sabemos que tenemos unos aliados arriba, porque ellos, que están allí seguros, interceden por nosotras. Yo les pido muchas cosas familiares y me ayudan mucho. Aprovecho éstos días de oscuridad en España para rezar por esas madres, que el Señor les de el consuelo que me dio a mí. Mi cuarta hija nació bien, nació viva. Ni siquiera pasé miedo en ese embarazo, el Señor me mandó un ángel de la guarda muy pronto para Palomita.
Yo sé que esas madres sienten un dolor y un vacío inmenso, pidamos por ellas, pues ser madres es el mejor regalo que Dios nos ha dado. ¡Es la plenitud de la mujer!
Ahora voy a ser abuela, quizá por eso mis recuerdos se han despertado y quizá me bendiga otra vez Dios con la sensibilidad que derrama en nosotras cuando nos da un hijo porque es su voluntad.
Filed Under: Cartas al Director

