Lo sé todo sobre ti
Solamente comentarte que lo sé todo sobre ti. Por casualidad, buscando por Internet, en una de tantas comunidades virtuales con blogs personales como circulan por allí, he encontrado numerosas fotos tuyas. Ya veo que te esmeras en ordenarlas por fechas y eventos. En unas cuantas apareces con amigos, cerca de tu casa, en Madrid; en otras, por cierto bastante ridículas, en tu chalet de la playa, este verano. Por el título de la galería, “Verano 2007”, entiendo que has pasado unos días agradables en familia. Gran casa, lujosilla, en cuyo interior no falta casi de nada, y en el garaje, un buen coche… Sin esforzarme mucho, localicé en youtube un video un tanto frívolo: salías de marcha por la noche, sin muy buen aspecto por cierto, aunque parecías pasarlo bien. Tu dirección está por todas partes, tu correo electrónico, tu teléfono… casi consigo, incluso, tu número de tarjeta de crédito mediante un correo que te envié vendiéndote una PDA de última generación. Sabía que te interesaría puesto he observado que frecuentas foros de actualidad tecnológica. Tu nick está por todas partes. En definitiva, conozco tu currículo, tus tendencias políticas, tus ideas religiosas, tus aficiones, y esa forma ridícula de divertirte… todo está TAN a la vista de TODO el mundo…
Como comprenderéis se trata tan solo de una alegoría, unos comentarios escritos al azar de mi ratón y, no obstante, cercanos a una realidad factible… Aluden a algo que nos afecta a todos y que, de algún modo, me inquieta. Como informático, y como persona que tiene aprecio por su vida privada, observo que, a través de unas tecnologías de la comunicación archiexpansivas, se está constituyendo una gigantesca base de datos donde nuestras imágenes, nuestras circunstancias profesionales y personales, en definitiva nuestra vida privada y pública, circulan por la red al alcance de muchos, curiosos, frikis, o cosas peores.
Friki o no, el hombre sensato debe guiarse por la prudencia y el sentido común. Lo hacíamos no ha mucho con la tele, la moda, las nuevas tendencias y hábitos, aplicando la tan cristiana como denostada autocensura, o dicho de otro modo, la selección de lo que se debe o no hacer o acoger y convertir en hábito. Mi llamada va en esa dirección: la conveniencia de mantener una línea de prudencia en el ámbito internaútico, sin perder los papeles entregándose a unas tecnologías que engañosamente ofrecen un rostro amable y utilitario, emboscado tras el señuelo de que mejoran nuestras capacidades de comunicación y amplían el abanico de servicios. En ello hay, sin duda, mucho de cierto, pero también un peligro de desmesura. Conviene no olvidar que los griegos veían en la hibris, o desmesura, una de las grandes amenazas que se cernían sobre el quehacer humano. Así pues, prudencia, mucha prudencia, ante la posibilidad de poner en peligro bienes tan valiosos y delicados como son la propia intimidad y reputación, cuando además puede suceder que no quepa dar marcha atrás.
Son muchos los famosos que intentan borrar su “digitalizada” vida anterior invirtiendo cantidades ingentes de dinero, y a muchos de ellos se les quedan en el tintero de Internet fotografías o videos, que afectan irreversiblemente a su imagen. No juguemos con la nuestra, aunque no seamos famosos: tenemos una privacidad, una reputación, y lo más importante, una dignidad que preservar.
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