Yo quiero ser llorando el hortelano…

Yo quiero ser llorando el hortelano de la tierra que ocupas y estercolas, compañero del alma.

¿Quién no recuerda con una mezcla de cariño y de cierto dolor su adolescencia? Quizá exista algún lector afortunado para quien sus catorce, sus quince o sus dieciséis fueron años fantásticos o que pasaron, en el mejor de los casos, sin pena ni gloria. Para ella o él, mi más sincera enhorabuena.

Para el resto, común mayoritario de los mortales, el cambio en nuestras vidas afectó, qué duda cabe. Y para bien o para mal, en buena parte hoy somos quienes somos por aquello que fuimos. Pero fue duro. En las mujeres, las lágrimas insospechadas que hacían su aparición a tiempo, a destiempo y de imprevisto. En los hombres, los desafortunados gallos, el mostacho que aún no se dejaba afeitar, el lento camino a la introversión.

Para todos: el odiado acné, (que algunos elegidos se salvaron de tener), los fastidiosos “brackets” (que unos pocos sustituyeron por el aparato de quita y pon) y esas dramáticas fotos que hoy nos recuerdan que es posible arruinar la carrera a alguien a estas alturas de la vida. ¡Pero cómo nuestra madre nos dejaba salir así de casa!

Lo cierto, es que como todo lo malo pasa y ahora es posible mirar atrás. Sonreír al recordar nuestros frustrados intentos por acostumbrarnos a los cambios y rescatar de aquel meollo de emociones encontradas algo de luz.

Para muchos de los que hoy leéis, un día se produjo un avance. Es posible que no exista un momento concreto, un día señalado, pero sí una persona, o dos o varias que en nuestros corchos están pinchados con un disfraz de superman y que nos salvaron, por qué no decirlo, de aquellas embravecidas aguas.
Algunas de esas personas aún permanecen por aquí, merodeando a nuestro alrededor, y ostentando el galardón de “amigo del alma”, otros se fueron, su tiempo llegó, duró y pasó, por esas cosas que tiene la vida, que mete y saca a gente sin que apenas podamos impedirlo.

Esos “amigos del alma” que desde entonces han ido jalonando nuestra existencia son los verdaderos artífices del cambio. Algunos nos acompañan desde entonces, y otros son incorporaciones más recientes, pero es nítido que con ellos se ha producido ese “encuentro” del cual es difícil despojarse. ¡Y del que no queremos prescindir!

Lo del “encuentro” me lo sopló una de esas amigas de las que hablo. Antes, asociaba más esa palabra a Cristo. Él busca, Él encuentra, con Él se produce ese reconocimiento de lo que el corazón lleva anhelando desde siempre. Pero la verdad es que no he hallado ninguna dificultad en asociar también la palabra “encuentro” a un amigo. Pero no cualquiera, ya sabéis. El encuentro se produce (sigo con la idea que me sopló mi amiga) cuando te miras en el otro y sabes que te acompaña. Es algo que trasciende a la química. Es sentirte en zapatillas, con la libertad que da saber que alguien nos acoge siempre, en nuestra miseria, en nuestra alegría, en lo que mejor hacemos y en aquello que fastidiamos casi siempre. No tiene precio, pero el alma goza intensamente.

Me atrevo a decir, sin temor a errar, que esto también viene de Cristo. Nos manda personas, compañeros de viaje para hacer la andadura mejor. Y creo que los grandes amigos, los casi hermanos, los que te permiten ser tú en tu mejor y en tu peor “yo”, han de ser homenajeados. Por aquella adolescencia compartida, o la juventud vivida o la madurez encontrada. O porque nos da la gana, claro que sí…que cada día podemos encontrar un motivo de celebración. Y de gratitud.

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