“Yo no quiero la vida sino para imitar lo más posible la de Cristo” ( Sta. Maravillas de Jesús)

maravillas2.jpgMaría de las Maravillas Pidal y Chico de Guzmán nació en Madrid, el día 4 de Noviembre de 1891 y en el seno de una familia profundamente cristiana. Fue una niña de carácter muy vivo, inteligente, traviesa, es decir, una niña completamente normal sólo que, tocada con la gracia de Dios desde pequeña; ella misma diría que su vocación a la vida consagrada nació a la vez que ella misma, y a los cinco años, hizo voto de castidad ante un improvisado altar y delante de una sirvienta de la casa.  En su juventud, además de cultivar su vida de piedad y de llevar a cabo sus estudios, se dedicó a la caridad.

Leyendo y releyendo la vida de Santa Maravillas, me parece como si ella no hubiera tenido que hacer esfuerzos por entregarse a los demás, porque era algo que le surgía espontáneo; parecía concebida por el Señor para la caridad, y ése era además su mayor deseo.
 A pesar de esto, y por contradictorio que parezca, tuvo que aprender a ver que los caminos del Señor pasan por pequeñas renuncias incomprensibles a nuestros ojos terrenales y, al ver que sus padres no acababan de aceptar la vocación religiosa, esperó obediente y dejó pasar el tiempo confiando en Dios. Podía haberse rebelado justificándose en el “bien” que estaba dejando de hacer y, sin embargo, ella optó por dejarse hacer:“procuro siempre ocuparme, pero no preocuparme por las cosas, dejando el resultado en manos de Dios. Su padre, tras una penosa enfermedad, falleció, y unos años más tarde, su madre le dio permiso para ser religiosa. 
El principal motivo que llevó a Sta. Maravillas al Carmelo fue el amor a Cristo, sus deseos de imitarle, de pagarle amor por amor; de ahí sus ansias de sufrir, de reparar y de entregarse totalmente a Él. Se sabe acerca de sus largas vigilias ante el sagrario, a solas con su Señor, de donde con total certeza vislumbró la fundación del Carmelo del Cerro de los Ángeles: Dios le inspiró a levantar este Carmelo en el centro geográfico de España, donde ya se alzaba una imagen del Sagrado Corazón de Jesús como símbolo de amor y protección a la Nación.
 

Pronto se pobló de numerosas vocaciones, y la madre Maravillas vio en ello una invitación del Señor a multiplicar estas “Casas de la Virgen”. Nunca regateó ningún sacrificio cuando era necesario para el bien de la Orden, sino que ayudó y alentó con amor de Madre los conventos fundados por ella, de igual forma que no se olvidó nunca de su deber social, de la limosna material para alimentar los cuerpos y de la promoción intelectual y moral de niños y jóvenes, para saciar también sus corazones.
 
Construyó escuelas, una residencia para empleadas y otra para señoras mayores, una casa para religiosas enfermas, ayudó en la restauración de iglesias,…es decir, apoyó toda buena obra y puso su virtud al servicio del mundo.
Con su audaz mezcla de espíritu sobrenatural y sentido práctico, intuyó los bienes que el trabajo puede aportar a la vida contemplativa, sin olvidar la supremacía de la oración, y fue dejando en cada una de sus fundaciones un trabajo que sirviera para el sustento de la comunidad: “es que trabajar para ganarse la vida es dulcísimo para el alma, aunque durillo para el tonto del cuerpo”. 

En su última etapa, no fue tanto su labor social como su dulce entrega al Señor, que va guiando su vida por caminos dolorosos hasta su encuentro definitivo con Él; intenta sobreponerse con fortaleza a sus problemas de salud mientras que su mente sigue lúcida y despierta para atender a sus hijas. A ellas les decía siempre: “lo que Dios quiera, como Dios quiera, cuando Dios quiera”.
 

Cuantos la trataron la definen diciendo que se veía a Dios en ella, que tenía algo. Las gracias que acompañaron su muerte revelaron la santidad de su vida. Su cuerpo exhaló un perfume de nardos y muchos se encomendaron a su intercesión.
 

Así dijo Juan Pablo II: “La madre Maravillas supo mostrar el profundo atractivo de lo esencial”, proponiéndola como modelo de consagración religiosa y ejemplo a seguir por todos los cristianos, llamados a reconocer la primacía de Dios.

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