5 de abril de 33

jesus-resucitado-y-maria-magdalena.jpgSegún los cálculos más fiables, hace ahora 1.975 años, y en concreto el 5 de abril del año 33, comenzaron los 40 días más maravillosos de la Historia. Durante ellos, hasta 500 personas fueron testigos de que se había restaurado la unión entre el Cielo y la Tierra. Su confusión ante tanta maravilla fue tal, que no pudieron narrar lo que habían vivido de forma coherente. Sin embargo, tomando las fuentes históricamente más creíbles (los cuatro Evangelios canónicos, los Hechos de los Apóstoles, la Primera Carta a los Corintios, así como otros textos antiguos como el Evangelio apócrifo de Nicodemo, que se cree elaborado a partir de las actas del Pretorio romano en Jerusalén), la reconstrucción de los días de la Pascua se convierte en una tarea apasionante. 
Al ser Jesús prendido y después ejecutado terriblemente, su grupo de amigos y seguidores se dispersó tal como Él había anunciado, escondiéndose cada uno donde pudo. No obstante, tres o cuatro mujeres, fieles y temerarias, acudieron en cuanto les fue posible, la madrugada del tercer día, domingo 5 de abril de 33, al sepulcro, para asegurarse de que el cuerpo de su amado Maestro quedaba bien embalsamado. Sólo llegando al sepulcro se dieron cuenta de que no habían pensado cómo descorrerían la losa, y a punto estaban de dar media vuelta para desandar el escaso kilómetro que las separa de la ciudad, cuando un cercano ruido, como un trueno que hizo temblar la tierra, les dejó desconcertadas.
Preguntándose qué habría ocurrido, llegaron a la tumba, y la encontraron abierta. Ante su entrada, los guardias, tras un momento de duda, salían corriendo presas del pánico, hacia la ciudad. Sorprendidas pero contentas de ver que podrían cumplir sin más la misión que traían, las mujeres se asoman a la tumba para, descubrir –nuevo desconcierto- que no está el cuerpo de Jesús que dejaron allí, ellas mismas, dos días antes. En su lugar, sentados dentro, ven dos hombres vestidos de blanco refulgente, cuya presencia, como siempre que se aparece un ángel, les intimidaba. Estas mujeres de corazón ardiente y sencillo superaron el miedo y les preguntaron, tímidamente, si eran ellos los que se habían llevado el cuerpo de Jesús. Uno de ellos les contestó (y nos sigue contestando a nosotros hoy): “no busquéis entre los muertos al que vive”.
Gran susto, pánico, y aún incredulidad. Apenas amaneciendo por el horizonte, vuelven corriendo a Jerusalén y una de ellas trae a Pedro, jefe del grupo, y a Juan, que se encontraba escondido con él, a que vean lo que ha pasado. En los corazones de los tres renace la fe, pero aún siguen pudiendo más el miedo y la inseguridad: ¿será verdad?. La mujer, desolada, sin entender nada pero aún creyendo que lo más posible es que hayan robado el cuerpo de su rabboni, se queda llorando en el sepulcro mientras Pedro y Juan regresan para intentar reunir a los discípulos dispersados: el asunto puede ser grave si los judíos les acusan de subvertir el orden público robando el cuerpo de un “criminal”. Y mientras ella llora, Jesús por fin se hace visible, y se le acerca, y ella le reconoce sólo cuando la llama por su nombre: “¡María!”. Ella no puede menos que agarrarse emocionada a sus pies, hasta el punto de que Él tiene que decirle que le deje, y le da una instrucción muy concreta: “diles a todos que nos vemos en Galilea, antes de que Yo me vaya a mi Padre, a vuestro Padre”. Nadie la creerá ni le hará caso.
Mientras tanto, en Jerusalén, los guardias reflexionan sobre lo que van a contar a su superioridad, y se dan cuenta de que su empleo y sueldo peligra, pues les creerían borrachos. Deciden contárselo solamente a los judíos, quienes, increíblemente, no solamente no montan en cólera contra ellos sino que les dan dinero para que oculten lo que de todos modos iban a ocultar. Como tantas veces en la Historia, los enemigos de Cristo demuestran creer en Él más que sus propios discípulos. Todavía está empezando el 5 de abril del año 33, que pasará para muchos en una enorme tensión, sin saber nada nuevo de Jesús.
Por la tarde de ese mismo domingo, camino de una aldea distante 11 kilómetros de Jerusalén, dos hombres de los que habían acompañado a Jesús vuelven a su refugio preocupados después de una reunión convocada por Pedro. Aún no acaban de creerse nada de estas historias de mujeres, pero hay un hecho incontestable, la tumba está vacía y los judíos les culpan a ellos. Se encuentran con un caminante que parece saber del asunto más de lo que al principio parece. Increíblemente, su conversación primero vence su desconfianza y después va poco a poco haciéndoles arder el corazón, como después inflamaría el de tantos otros caminantes a lo largo de los siglos. No puede ser sino Él. Pero le reconocen demasiado tarde, y aún así desandarán de noche los 11 kilómetros de vuelta a Jerusalén, para contarlo a los demás. La locura se va contagiando, mezclando vértigo y miedo.
Por fin, el miedo de esa noche se transformará en la mayor alegría que habrán visto los siglos. En ese día y los siguientes, Jesús va a tomarse la costumbre de aparecerse durante comidas y cenas. Como siempre, le sigue encantando tomar algo con los amigos, aunque sin dejar en todo momento de enseñarles: siempre estar con Él será amar, compartir y aprender a la vez. Se aparece cuando son 10, y después cuando sí está Tomás. Por fin todos, rindiéndose a la evidencia, aunque aún luchando contra el sentido común que se rebela, deciden partir para Galilea.
Dicen que Galilea es una tierra especialmente amable en primavera, y sus gentes son sencillas, sin complicaciones. No parece raro que Jesús se quedara allí la mayor parte del tiempo que le quedaba en la Tierra: allí acompaña como siempre a pescar a sus amigos, allí vería a su Madre, y allí se reunió con más de 500 discípulos, manifestándose ante ellos, por fin, como Señor de Cielo y Tierra; allí explica cómo ha de ser su Reino, y allí nos manda a predicar su Nombre, a Bautizar y a salvar a los pueblos, insistiendo en que todos hagamos lo que Él manda; allí nos promete acompañarnos siempre, y rodear nuestra vida de prodigios; allí nos dará un Papa, y nos hará depositarios del Espíritu Santo que habría de venir… allí, en fin, dijo e hizo tal cantidad de cosas que “no cabrían en todos los libros del mundo”.
Mientras tanto, noticias contradictorias corren por Jerusalén, para drama de unos y regocijo de otros. Se oyen rumores sobre personas rescatadas de la muerte, y se asegura que de la necrópolis de la Gehena, al pie de la ciudad, los muertos están saliendo de sus tumbas y hay quien afirma haber visto a Jesús en el monte de los Olivos. El sanedrín debate, intentando acallar estas voces, y Nicodemo se enfrenta por fin a sus compañeros. Pero esto no quiebra la paz de Galilea, como tampoco la de la última bajada de Jesús a Jerusalén con los suyos. Su espíritu le empujaba ya irresistiblemente a reunirse con su Padre, y, de vuelta a la Ciudad Santa, en ese mismo monte, en ese jardín a mediados de mayo, dejó por fin elevarse su cuerpo hacia su Padre, bendiciendo a sus amigos, hasta que una nube lo cubrió, desapareciendo del mismo modo en que, un día, le veremos volver.

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Comentarios (1)

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  1. Mota dice:

    Fer, tu artículo es GENIAL.
    ME ha encantado. Me ha metido de lleno en los días siguientes de la Resurrección del Señor. Estaba allí con María, con los discípulos de Emaís, con Tomás.

    Brillante, amigo, brillante.

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