Confianza y gratitud

Mujer soplando luzLa confianza en el Señor y la gratitud son las dos disciplinas para la conversión del hombre.

Sin confianza, no puedo dejar que me encuentren.
La confianza es la convicción profunda de que el Padre me quiere en casa. Cuando dudo, tengo que decirme: “Dios te busca. Irá a cualquier parte para encontrarte. Te ama, te quiere en casa, no descansará hasta que estés con Él”.

Pero hay también en mí una voz fuerte y oscura que me dice lo contrario: “Dios no está realmente en mí, prefiere al pecador empedernido que llega a su casa después de sus locas escapadas. A mí, que nunca he dejado el hogar, no me hace caso. Da por supuesto que estoy aquí con Él”.

Diciéndome que no soy lo suficientemente importante como para ser encontrado, mis quejas son mayores hasta que me hago completamente sordo a la voz que me llama. Sin embargo, Jesús me dice: “Todo lo que pidáis en vuestra oración, lo obtendréis si tenéis fe en que vais a recibirlo” (Mc 11,24), Viviendo en esta confianza se abre el camino hacia Dios y se cumplen así mis deseos más profundos.

Junto con esa confianza, debe haber también gratitud, lo contrario del resentimiento. Resentimiento y gratitud no pueden coexistir, porque aquél bloquea la percepción y la experiencia de la vida como un don. Mi resentimiento me dice que no se me da lo que me merezco. Siempre se manifiesta en envidia.

La gratitud va más allá de lo “mío y “tuyo” y reclama la verdad de que todo en la vida es puro don. La gratitud no es siempre una respuesta espontánea a los dones recibidos. A veces implica disciplina. La disciplina de la gratitud es el esfuerzo explícito de que todo lo que soy y tengo me ha sido dado como don de amor, don que tengo que celebrar con alegría.

Implica realizar una elección consciente. Puedo elegir ser agradecido aún cuando mis emociones y sentimientos están impregnados de dolor y resentimiento. Puedo hablar de la belleza y la bondad, aunque mi ojo interno siga buscando a alguien para acusarle algo feo. Puedo escuchar las voces que perdonan y mirar los rostros que sonríen, aún cuando siga oyendo voces de venganza y vea muecas de odio.

Dios me ha dicho: “Tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo”. Así pues, puedo elegir entre vivir en las sombras, señalando a los que aparentemente son mejores que yo; puedo elegir lamentarme de la cantidad de desgracias que sufrí en el pasado, y dejar que el resentimiento me absorba. Pero está la opción de mirar en los ojos del Único que salió en mi busca y reconocer que todo lo que soy y tengo es puro don que debo agradecer.

Cada don que reconozco me lleva a otro don, hasta que por fin, el acontecimiento más normal, más obvio, y aparentemente más mundano, demuestra estar lleno de gracia.

Confianza y gratitud requieren el coraje de arriesgarse. A veces, debo dar un salto de fe para dejar que tengan su oportunidad. Este salto significa amar sin esperar ser amado, dar sin querer recibir, invitar sin ser invitado, abrazar sin pedir ser abrazado.

Y cada vez que doy un pequeño salto, veo un reflejo del Único que corre hacía mi y me hace partícipe de su alegría, la alegría en la que no sólo me encuentro yo, sino todos mis hermanos.

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