Conociendo a San Juan de Dios

“Muchas veces no salgo de casa por las deudas que debo, y viendo padecer tantos pobres, mis hermanos y prójimos, y con tantas necesidades, así al cuerpo como al ánima, como no los puedo socorrer, estoy muy triste. Mas confío en Jesucristo; que él me desempeñará, pues él sabe mi corazón.” (fragmento de las cartas de S. Juan de Dios)

Juan de Dios, fundador de la orden de los Hermanos Hospitalarios que lleva su nombre, nació en Toledo a finales del siglo XV. Se alista en los tercios españoles, participando en las campañas militares de Carlos V. Abandona el ejército para trabajar de vendedor ambulante de libros religiosos. Y a los 40 años, durante una de las famosas predicaciones de S. Juan de Ávila, sufre una fortísima llamada a la conversión, que le llevará a buscar durísimas penitencias: reparte sus bienes entre los pobres, y se hace pasar por loco. Es recluido en un asilo, donde será despreciado y maltratado (como se solía hacer con los locos en aquella época).

Como fruto de esta etapa de penitencia y de convivencia con los más olvidados, Juan descubre su verdadera vocación: amarles hasta el extremo. Alquila una casa vieja en Granada para recibir a enfermos, mendigos, locos, ancianos, huérfanos o desamparados. Durante todo el día atiende a cada uno con el más exquisito cariño, haciendo de enfermero, cocinero, padre, amigo y hermano de todos. Por la noche, camina por la calles pidiendo limosnas para sus pobres.

Este fue el comienzo de la fundación de su hospital. Después de su muerte (a los 55 años) sus seguidores constituirán la Orden de los Hospitalarios de San Juan de Dios, cuya obra sigue viva hoy, con más 1.500 hermanos, que atienden a enfermos (sobre todo enfermos mentales) en 216 casas presentes en 5 continentes.

Ante semejante ejemplo de vida, invitamos al lector a plantearse preguntas (especialmente interesantes para aquellos que tan orgullosos estamos de podernos llamar cristianos “practicantes”): ¿Cuantas veces al año meditamos las palabras de Jesús: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.” (Mt 25,40).?

Sin intención de ser catastrofista: ¿Somos conscientes que Cristo pronuncia esta frase, refiriéndose a lo que se nos podría preguntar en el Juicio Final? ¿Quienes pueden ser esos “humildes hermanos” en nuestro día a día? ¿“salimos a la calle” a buscar a esos hermanos, como Juan de Dios hacía, apasionadamente? (por ejemplo: ¿nos hemos planteado hacer voluntariado?)

¿Nos hemos propuesto visitar con más frecuencia a ese familiar anciano (¡Cuanto se alegraría Juan de Dios, de poder darle un poco de cariño!)? La vocación de Juan se podría definir como “laico consagrado” ¿nos creemos dispensados de dedicar tiempo a los más humildes, refugiándonos en una “supuesta” (o consumada) “vocación matrimonial”? Juan de Dios tenía una especial predilección por los deficientes mentales: ¿recibiríamos un hijo deficiente, con la alegría que corresponde?

¿Hemos soñado alguna vez con adoptar un hijo con alguna minusvalía o problema? ¿nos hemos planteado el ejercicio de la ayuda a los necesitados en nuestra carrera profesional (aprovechando nuestro conocimiento o habilidades)?

Queridos Sanjorgianos, Juan de Dios es “Evangelio hecho carne”, para la toda la Humanidad. La llamada a la caridad es urgente…Pero no nos desanimemos, esto, como todo lo importante… se nos dará como regalo de Dios (…si estamos “a la escucha”).

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