Javierada 2008
Cuando volvimos a escuchar “nos vamos de javierada” ahí ya estaba Él, suscitando en nosotros algún que otro interrogante. Ante aquel susurro de Dios y bajo el lema “Vete porque yo quiero enviarte a las tierras lejanas” (que conoceríamos más adelante), algunos tuvimos el deseo, y también la oportunidad, de peregrinar a Javier el pasado 29,1 y 2 de Marzo.
Escribir sobre qué ha sido esta experiencia, en qué ha cambiado nuestras vidas, si ha pasado o no, por ellas, como una actividad cristiana más, o si hemos caminado no sólo hasta Javier, sino también hacia Dios… es complicado, pues el Señor ha querido regalar a cada uno algo especial y nosotros hemos respondido de maneras diferentes.
Verdaderamente, (éramos trescientos y pico) a cada uno nos pudieron llevar hasta allí diversos motivos, pero sin duda, bajo un denominador común: Cristo. Un Cristo que aguardaba nuestra llegada sonriente. Sí, sonriente en la Cruz. Porque es así como Él hace las cosas, con ese Amor Infinito que traspasa y sobrepasa el entendimiento humano. Con ese Amor Misericordioso regalado a través del sacramento del perdón. ¡Si es que tiene para nosotros una vida preciosa, llena de plenitud, llena de gozo!…
Pero es entonces cuando tropezamos, cuando se cargan nuestras piernas y se acaba el agua de nuestra cantimplora, cuando pedimos a alguien más fuerte que tome nuestra mano y nos ayude a no quedarnos atrás, cuando dejamos de andar por desesperanza, cansancio, desconfianza…
Y es que en definitiva vivir en la tierra es peregrinar, y lo maravilloso es tener la certeza de que vamos todos juntos caminando con un porqué, con un hacia Quien, que quiere colmarnos con Su gloria. Es precioso ir descubriendo todo esto en experiencias así, y se pueden aprender infinidad de cosas de uno mismo, de los demás y de Dios. Puedo asegurar que algo ha cambiado en nosotros, porque hasta el de corazón de piedra más duro (yo soy claro ejemplo de ello) vuelve a sus quehaceres madrileños convencido de que “el Señor es una presencia del todo real en nuestras vidas” (palabras de Benedicto XVI). ¿Lo más difícil? Reconocerle, realmente, en todo momento.
Sin olvidar Aquella sonrisa, vivamos con profunda fe el Gran Misterio de la Muerte y Resurrección de Cristo que vino a salvarnos y aún hoy nos salva de nuestros pecados; que quiere transformar nuestras oscuridades en luz. Una luz que alumbre las “tierras lejanas” durante nuestro peregrinar. Pues, “Vosotros sois la sal de la tierra, la luz del mundo…”
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