Para que tengan vida
Desde 1913 no habíamos celebrado una Semana Santa tan cercana a la Navidad. Por motivos obvios, ninguno la recordamos. Esta cercanía nos puede ayudar a unir mejor en nuestra mente y corazón la unidad del Misterio del Nacimiento con el Misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección. En nuestra forma espacio-temporal de comprender la vida, nosotros dividimos, separamos: la Iglesia establece los distintos ciclos del año litúrgico. En lo que afecta a nuestra salvación, en cambio, hay unidad total entre ambos Misterios. El que nace de la forma más humilde que se puede venir a este mundo, vive su vida en entrega constante por anunciar el Reino de su Padre Dios y muere como el despreciado y olvidado, en un aparente fracaso. Todo para que tú y yo tengamos la verdadera vida (Jn 10:10). Sin embargo, qué lejos estamos todos de contemplar el paso del Señor de esta manera, “para que tengan vida”.
El cristiano siempre ha luchado por tener tiempo para celebrar estos santos misterios; esta es la vida en los 2000 años de historia de fe en la cual el descanso se ha planteado en función de la celebración y no al revés. Desgraciadamente, cada vez con mayor frecuencia, las celebraciones de los misterios cristianos se van convirtiendo en vacaciones incluso llegando al olvido del origen del mismo tiempo de descanso. Seguimos, sí, hablando de Navidad, aunque sustituyendo cada vez más este término por el de Fiestas a secas; seguimos hablando, al menos por hoy, de Semana Santa, pero corremos el riesgo de vaciar de contenido religioso las celebraciones. Fijémonos cómo en la televisión o en la prensa escrita se sigue dando una amplia cobertura a la Semana Santa, e incluso a las celebraciones papales, pero centrándonos cada vez más en el elemento tradicional-folclórico; elemento no despreciable en sí, al menos que no suponga un detrimento de la vivencia sacramental-pascual de las celebraciones. Tenemos, sí, derecho a descansar, a salir de Madrid durante estos días, o a quedarnos en la parroquia celebrando los oficios, o a irnos a Soria a hacer la Pascua misionera, como un grupo de nosotros hará este año, colaborando en lugares en los que hay escasez e sacerdotes y de fieles, a la vez que experimentar la alegría de entregar nuestro descanso por esta misión. Lo que no tenemos derecho es a pasar por estos días del Triduo Pascual sin dejar que el acontecimiento de la Muerte y Resurrección de Cristo pase por nosotros. No sólo los usos sociales tienden a dejar sin contenido auténticamente cristiano estos días. Nosotros mismos podemos contribuir si no comprendemos el meollo de lo que sucede en la cruz del Señor.
A la cruz subió la Vida para dar vida en su muerte a todo lo que había perecido. Nadie puede vaciar el misterio de la Cruz, en el que ha sido depositada la sabiduría y el poder de Dios frente a la necedad impotente del pecado y del mal. Por eso hay esperanza para futuro del hombre: porque nadie puede anular la Vida, la Verdad y el Bien, que es el orden divino en el que el hombre ha sido introducido.
No tendría sentido la cruz sin la vida, sin esta vida auténtica que nace del don unido a la cruz: “Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente”.
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