Te llevarán adonde tú no quieras ir (Jn 21,10)
Durante su Homilía en el Oratorio de las Hnas. De la Madre Dolorosa (Marzo 1992), Joseph Ratzinger aborda con entusiasmo la figura de José:
[…] Ese José que vemos está pronto para erguirse y, como dice el Evangelio, cumplir la voluntad de Dios […]Coincide su respuesta con la de Isaías en el instante de recibir el llamamiento: “Heme aquí, Señor. Envíame”
Esa llamada informará su vida entera en adelante. Pero también hay otro texto de la Escritura que viene aquí a propósito: el anuncio que Jesús hace a Pedro cuando le dice: “Te llevarán adonde tú no quieras ir” José, con su presteza, lo ha hecho regla de su vida: porque se halla preparado para dejarse conducir, aunque la dirección no sea la que él quiere[…].
A la luz de estas bellas palabras de nuestro actual vicario de Cristo, proponemos al lector las siguientes preguntas: ¿te dejas conducir por Dios, o por el contrario, estás demasiado apegado a tus propios planes y proyectos? José, con su abnegación, que nos recuerda al “Sí” de María, encarna de forma sublime las palabras de Jesús, “el que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, coja su Cruz y sígame”..¿y nosotros? ¿aceptaríamos renunciar a alguno de nuestros grandes sueños, por aceptar una vida más sencilla o simplemente, una vida diferente, en el caso de que Dios nos lo pidiera?
Pero antes de continuar interrogándonos, merece la pena repasar brevemente la vida de José. Aunque pase casi desapercibido en el Evangelio, su entrega de vida marca un camino a seguir para todo cristiano. Ante el embarazo de María, acalla su orgullo, y decide repudiarla en secreto. Cuando el Ángel le revela el milagro que se ha producido en el vientre de María, no espera a entender lo que está pasando: él se pone en camino, como le dice el Angel. Protege a su familia y la conduce a Egipto (donde el Hijo de Dios se convierte en refugiado y exiliado).
Tras los actos de valentía y confianza en Dios que acabamos de mencionar, parecería que lo más extraordinario de la vida de José, ya está dicho. Pero no. Ahora llegan las maravillas de la vida oculta como esposo casto, padre adoptivo, y trabajador abnegado. Tres facetas de su vida, que deberíamos meditar y contemplar los cristianos modernos, especialmente los llamados a vivir el matrimonio.
Un teologo nos dirá: “MARÍA pertenece a JOSÉ y JOSÉ a la santísima MARÍA; con tanta verdad, que su matrimonio es muy auténtico, puesto que se han entregado el uno al otro. Mas, ¿como se entregaron? En Pureza. Se entregan mutuamente su virginidad, y toda la fidelidad de este matrimonio consiste en guardar la virginidad del otro. La vida de estos esposos es como la de dos estrellas, mutuamente se iluminan con sus rayos dorados y plateados, pero sin nunca tener contacto”.
Aunque semejante pureza sólo puede ser vivida gracias a un don de Dios, nosotros tambien estamos llamados a vivir la pureza, cada uno en su vocación, y con sus dificultades propias y personales. En el contexto actual, se exalta el placer como un objetivo de primer orden en la vida. Los sentidos se han convertido en timón del barco, y las imagenes de lo inmediato y apetecible nos aguardan a la vuelta de cada esquina. ¿Acaso no sería de gran ayuda invocar a San José en los momentos de tentación y de lucha, y pedirle que nos haga sentir es paz, y ese cariño que José debío de vivir en su sencillo nucleo de amor, junto a María y Jesús?
Lanzo ahora una polémica pregunta al lector masculino: ¿por qué no intentamos mirar a las mujeres con la Mirada de José casto, apreciando su belleza con serenidad, y desechando toda tentación de convertirlas en objeto (incluso en el caso de que, en alguna ocasión, ellas mismas pudieran llegar a consentir dichas miradas)…
No podemos concluir sin volver a referirnos a la Homilía antes citada. En ella, y a la luz de de la vida y virtudes de José, que acabamos de recordar, Benedicto insistirá sobre la idea con la que hemos comenzado esta columna: […] La vida de este hombre no ha sido la del que, pretendiendo realizarse a sí mismo, busca en sí solamente los recursos que necesita para hacer de su vida lo que quiere. Ha sido el hombre que se niega a sí mismo, que se deja llevar adonde no quería. No ha hecho de su vida cosa propia, sino cosa que dar. No se ha guiado por un plan que hubiera concebido su intelecto, y decidido su voluntad, sino que, respondiendo a los deseos de Dios, ha renunciado a su voluntad para entregarse a la de Otro, la voluntad grandiosa del Altísimo.Pero es exactamente en esta íntegra renuncia de sí mismo donde el hombre se descubre.
Porque tal es la verdad: que solamente si sabemos perdernos, si nos damos, podremos encontrarnos. Cuando esto sucede, no es nuestra voluntad quien prevalece, sino ésa del Padre a la que Jesús se sometió: No se haga mi voluntad sino la tuya .Y como entonces se cumple lo que decimos en el Padrenuestro: Hágase tu Voluntad en la tierra como en el cielo.[…]
Filed Under: Vidas de Santos


¡Cómo mola el nuevo formato de SJD!