La grandeza de Karol Wojtyla
“Más allá de todos los gozos que iluminan vuestro camino, buscad a Aquel que os da la alegría. Esa alegría que nadie podrá arrebataros” (Juan Pablo II).Este miércoles 2 de abril se cumplen tres años de la muerte del Papa Juan Pablo II. El “santo subito” (santo rápido) que coreó la espectacular masa de fieles que peregrinó a Roma para despedirse del tan querido Papa. “Si sabéis mirar el mundo con los ojos nuevos, que os da la fe, entonces sabréis salir a su encuentro con las manos tendidas en un gesto de amor. Sabréis descubrir en él, en medio de tanta miseria y tanta injusticia, presencias insospechadas de bondad, fascinadoras perspectivas de belleza, motivos fundados de esperanza en un mañana mejor.” (Juan Pablo II a lo jóvenes, 1984).Cuando leo estas frases cargadas de Verdad, no puedo dejar de admirar más y más a un hombre capaz de sonreír a la vida y disfrutar apasionadamente de ella, con una actitud ilimitadamente agradecida y sorprendentemente positiva. Me gustaría recordar algo sobre la vida de Karol Wojtyla.
Nació en 1920 en Wadowice, una pequeña ciudad a 50 kilómetros de Cracovia (Polonia). A los nueve años perdió a su madre, que murió en el parto de la que iba a ser su nueva hermana pequeña. Cuando tenía 12 años, perdió a su único hermano, Edmund. Y cuando tan sólo contaba con 21 años, el joven Karol se quedó “familiarmente solo” en este mundo, pues murió su padre. Así, parecía que la vida daba la espalda a Karol y que le llevaría, irremediablemente, a caer en la desesperanza y el sinsentido. A tantas desgracias familiares, hay que añadir que, en ese momento, Polonia estaba invadida por los nazis y después lo fue por la Rusia comunista.
Sin familia, sin las libertades básicas del ser humano, con hambre, en una sociedad envilecida por el miedo, la guerra y el terror, es donde se forja la personalidad y la fe de un joven que, quién lo podría predecir, llegaría a ser Papa. Quizás esa juventud tan brutalmente castigada por la barbarie humana y las pérdidas familiares, es lo que lleva al Papa Juan Pablo II a poner en los jóvenes, de una forma especial, toda su fuerza y energía. Así, les dice en uno de sus Encuentros mundiales con ellos:
“A Cristo se le descubre dejándole caminar junto a nosotros en nuestro camino. La suya es presencia exigente. Puede parecer una presencia incómoda al principio, y podéis sentiros tentados de rechazarla. Pero si tenéis el coraje de abrirle las puertas del corazón y acogerlo en la vida, descubriréis en Él el gozo de la verdadera libertad, que os da la posibilidad de construir vuestra existencia sobre la única realidad capaz de resistir al desgaste del tiempo y de lanzaros más allá de las fronteras de la muerte, la realidad indestructible del amor”.
El joven Karol, el filósofo, el actor y literato, el impetuoso Obispo de Cracovia, el entusiasta Arzobispo de la misma ciudad y, sobre todo, el Papa Juan Pablo II, todo él y en él, es una perfecta síntesis del mensaje de Jesucristo. Alegría, agradecimiento, paz, humildad y Verdad conforman la mente, el cuerpo y el corazón de este gran hombre que ha conmovido, convertido y llevado a Cristo a tantos y tantos corazones buscadores de la felicidad.
Gracias Karol, Gracias Juan Pablo II.
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La verdad, es que la figura de Juan Pablo II ha sido definitiva y providencial en nuestras vidas y en la de la Iglesia. Nos rompe los esquemas, en el mundo actual, alguien como él. Sacude el corazón. No puedes quedar indiferente!!
Esta noche, gran peli en su memoria. Allí nos vemos…