La otra misión

educaciónHablando hace unos meses con una persona que se declaraba atea, o al menos agnóstica, sin aclararse en el fondo, me di cuenta enseguida de que lo que en realidad sucedía era que carecía de los más elementales conocimientos de la fe cristiana. Veamos. Esta persona, había estudiado en un colegio católico, cursando allí sus estudios desde los seis años hasta el comienzo de la universidad. Todos los años había recibido formación de “religión católica” en el mismo centro. Pero entonces sucedió algo que me ha hecho pensar bastante. Cuando llevábamos un rato hablando, en un momento determinado de la conversación, surgió, no sé por qué, la cuestión de lo que significa resucitar de los muertos; algo que sabemos fundamental y básico para comprender la existencia de Cristo y por tanto la nuestra.

Sin embargo, me sentí en ese momento identificado en cierta medida con el pasaje del Libro de los Hechos de los Apóstoles 17, 22: “Al oír aquello de resurrección de los muertos, unos se echaron a reír, otros dijeron “tenemos que oírte otra vez sobre esto”. Pero esta persona, no es que pretendiera reírse de mí. No. Estaba, no con cara de “eso no hay quien se lo crea”, sino con un gesto de “en la vida me han contado esto”. Yo no creo que fuera demasiado original en mi exposición, pero la situación al final a quien dejó pensativo fue a mí mismo.

Sólo hay una pequeña diferencia, y es adonde quiero llegar: que aquellos que escuchaban a San Pablo en Atenas no se habían pasado doce años de su vida recibiendo formación cristiana. Tampoco tenían padres cristianos. No es de recibo que después de tanto tiempo, de ser hijo de padres cristianos y de adquirir conocimientos de una asignatura llamada “religión” uno solamente saque en claro que “algo habrá”. Para tal viaje no hacían falta tales alforjas.

No pretendo aquí cuestionar la formación que se imparte en los centros educativos, especialmente en los que tienen un determinado “ideario”. Esa no es la cuestión. O no, al menos, la que yo quiero destacar.

Lo que sí me gustaría resaltar es la necesidad de una implicación total de los padres en la formación religiosa de sus hijos. No es una cuestión delegable en el colegio, ni siquiera en la parroquia, por muy buenas referencias que tengamos de ambas instituciones. No significa no fiarse, sino ser conscientes, al menos, de que la misión también se desarrolla en el seno de las familias. Y de una forma principal.

Cada vez con más frecuencia se percibe un desentendimiento de los padres en la cuestión religiosa y no nos engañemos: lo que un niño no vea en su casa no lo va a ver normal en el colegio; y tampoco pensemos que los abuelos son un referente tan fuerte en la vida cristiana de un niño. Quiero decir, la transmisión de la fe, la misión en la familia se hace de padres a hijos y no, salvo determinadas excepciones, de abuelos a nietos. Es el proceso normal.

No nos podemos acomodar o quedar tranquilos. Los padres decidís sobre la educación, pero la decisión fundamental no es llevarlos a un centro o a otro sino el día a día de lo que ven en casa. Para poder transmitir una vida y unos conocimientos a un hijo, hay que poseerlos previamente. La vida y la formación se transmiten y, desde luego, no se improvisan.

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Comentarios (2)

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  1. Ingrid dice:

    Excelente artículo. Yo sí cuestionaría la formación que se dan a los niños en la clase de religión de los colegios, sobre todo en la situación actual de nuestro pais y de la iglesia. Lo cual no exime en absoluto a los padres de su parte. Pero si queremos apoyar la existencia de la clase de religión, por lo menos d ebería dejar algo de huella en los alumnos, o no?

  2. florentino dice:

    Y no sólo el colegio o los padres como “formadores” más próximos. Nosotros, ¿qué ejemplo damos?. Pues por el ejemplo de vida y de conducta también se aprende. Cristo está en nuestras almas, ¿porqué no en nuestras acciones, en nuestras omisiones, en nuestras palabras? e incluso en nuestros pensamientos que se reflejan en nuestras vidas.
    Somos sembradores, y ello lleva mucha responsabilidad, pero no nos agobiemos, Dios es el que hace “germinar” la semilla.

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